
27 de Mayo de 2026 – Coliseum – A Coruña

UN ÚLTIMO ADIÓS Â TOUT LE MONDE
En Galicia, donde Megadeth siempre ha estado a una sílaba de convertirse en ‘Megadez’ (dez significa diez en gallego, por si hiciera falta aclaración), la visita de Dave Mustaine al Coliseum de A Coruña se presentaba como una última medición del peso real de una banda que, durante buena parte de su historia, ha jugado precisamente en esa escala: la de los grupos de diez. Y aunque el concierto no fuese perfecto ni pretendiese serlo, sí tuvo mucho de noche de dez, con todo lo que eso implica cuando hablamos de una despedida.
La valoración general, conviene dejarlo claro desde el principio, fue sobresaliente: histórica por su condición de adiós, emocionante por el contexto y muy sólida en lo musical. Otra cosa es que, siendo retorcidos, nos toque exprimir los detalles y buscar esas mínimas aristas que, en cualquier caso, no empañaron la experiencia.
La gira de despedida de Megadeth no es exactamente una función inmóvil, porque el set list sí va dejando pequeñas variaciones entre fechas. Otra cosa es que esos cambios no parezcan responder tanto a cada ciudad como a una lógica algo más aleatoria, a esa ruleta interna que decide qué tema entra y cuál se queda fuera. Y ahí aparece una cuestión más amplia, no exclusiva de Megadeth: en muchas giras grandes se echa de menos una comunicación más específica con el público de cada noche.

A veces basta una broma regional, una referencia local, una imagen adaptada en las pantallas o cualquier pequeño detalle trabajado para que una noche, aunque responda al mismo guion general, parezca única. Hay bandas que lo cuidan muchísimo; otras prefieren mantener el foco en la maquinaria del show y no alterar demasiado el molde. En el caso de Megadeth, a estas alturas y en plena despedida, difícilmente se le puede pedir a Mustaine que cambie ahora su manera de entender el escenario. Pero precisamente por eso, esos matices pesan más: porque cuando una gira se presenta como una última vuelta, uno busca también señales concretas de que cada parada ha tenido su propio lugar en la memoria.?
A Coruña por su parte hizo los deberes: el Coliseum presentó una entrada muy potente, con la pista agotada y pocos huecos visibles en las gradas, en una noche en la que no hizo falta colgar el cartel de ‘todo vendido’ para confirmar que Galicia también responde cuando se le coloca delante una cita de este calibre. Somos menos en número, sí, y muchas veces parecemos arrinconados en el mapa de las grandes giras, pero precisamente por eso cada visita así se vive con una intensidad especial. Para una banda que ha convertido la guerra, el conflicto y la amenaza en materia de crítica, denuncia y tensión política, A Coruña ofreció también su propia forma de reivindicación: demostrar que el noroeste también empuja. Megadeth sells, and Coruña ?s buying!

Antes de que Dave Mustaine y los suyos tomasen el escenario, la noche ya venía bien armada con dos nombres que no estaban allí para rellenar horario. Crisix fueron los primeros en sacudir el recinto, con el Coliseum todavía lejos de presentar su mejor entrada, y lo hicieron con algo de reencuentro en el aire: los catalanes regresaban a la actividad tras un parón de dos años, con alguna aparición puntual en vivo. Es cierto que ‘Fast Music’, tema con escasos días de vida, apunta hacia un cambio musical evidente que veremos si cristaliza o es algo puntual (parece más bien lo primero), pero sobre las tablas no hubo demasiadas dudas: salieron con la actitud, la mala leche y las ganas de siempre.

Con piezas habituales en su directo reciente como ‘Bring ’em to the Pit’, ‘Leech Breeder’, ‘Full HD’, ‘G.M.M. (The Great Metal Motherfucker)’ o ‘Ultra Thrash’, además de un medley de versiones con ‘Fight for Your Right’, ‘Walk’ y ‘Antisocial‘, la banda volvió a demostrar que su sitio natural es el escenario. Lo resumió bien Busi, bajando a la pista para rematar la última canción desde dentro del propio hervidero. Y, por supuesto, Juli Bazooka volvió a ser decisivo, tirando del público con esas dotes de agitador profesional capaces de convertir cualquier hueco en una invitación al movimiento.

Lo de Crisix merece además una reflexión que va más allá de esta noche. En festivales y grandes carteles, las bandas nacionales han tenido que cargar durante años con el estigma absurdo de ser vistas con menos atención simplemente por ser de aquí. En esta ocasión, sin embargo, jugaban ante una audiencia más afín, un público de Megadeth predispuesto al thrash y a la descarga directa, y supieron ganárselo.

Esa actitud no fue exclusiva de Crisix. Desde el primer tramo de la noche quedó claro que tanto ellos como Angelus Apatrida habían llegado al Coliseum con una ambición muy concreta: no limitarse a calentar el ambiente antes del nombre grande. Ninguna de las dos bandas pareció conformarse con ocupar su casilla en el horario. Salieron a competir, a apretar y a recordar que compartir cartel con Megadeth no implica necesariamente mirar desde abajo. Otra cosa es derribar el peso histórico de Dave Mustaine y los suyos, que no es tarea sencilla, pero el nivel competitivo con el que afrontaron la cita dijo mucho de ambas bandas.
Se echó en falta a Albert Requena, guitarrista de la banda, quien a fecha de publicación de estas líneas, desconocemos su ausencia esa noche.

Llegó Angelus Apatrida, ya con el recinto presentando otro aspecto y una grada bastante más poblada. Los de Albacete jugaban casi en terreno conocido: su relación con el Coliseum no es nueva, y eso se notó en la naturalidad con la que ocuparon el escenario.

Tras la intro, fueron a machete desde el inicio, con ‘Indoctrinate’ y ‘Cold’ marcando pronto el tono de una actuación contundente, precisa y muy física. Frente al caos festivo de Crisix, lo suyo fue una descarga más compacta y certera, apoyada en un sonido limpio, rítmicamente aplastante y sin demasiadas fisuras.

El público respondió con entusiasmo, mientras Guillermo Izquierdo se dejaba la voz en cada corte y el resto de la banda sostenía esa maquinaria de thrash metal que, después de más de un cuarto de siglo de trayectoria, sigue sonando con una energía difícil de discutir.

‘Of Men and Tyrants’, ‘We Stand Alone’, ‘Violent Dawn’ y ‘Give ’Em War’ mantuvieron la temperatura arriba antes de que ‘Sharpen the Guillotine‘ y ‘You Are Next’ rematasen la descarga como dos golpes finales.

En un cartel de este calibre, Angelus Apatrida no parecieron invitados de paso ni promesa pendiente de confirmar, sino una realidad demoledora, perfectamente capaz de sostener su lugar y de dejar el terreno listo para el nombre que todos habían venido a ver.

Llegó el momento de Megadeth. Y el comienzo fue, directamente, impresionante: Dave Mustaine apareció en el centro del escenario con la guitarra, flanqueado por Teemu Mäntysaari y James LoMenzo, en una composición visual que ya imponía antes incluso de que la banda terminase de desplegarse.

Al principio, los focos cayeron casi por completo sobre Mustaine, reforzando su papel como eje absoluto de la escena, pero el juego de luces de repente permitió que sus dos escuderos emergiesen también en primer término.

Esa imagen, con Mustaine en medio y guitarra y bajo cerrando filas a ambos lados, funcionó espectacularmente bien como carta de presentación: poderosa y perfectamente alineada con el peso simbólico de una gira de despedida. En general, la puesta en escena fue deliberadamente sobria durante toda la actuación: telón con el logo, luces muy bien trabajadas, ausencia de pirotecnia, apenas humo (lo cual casi se agradeció) y ningún recurso destinado a competir con las canciones. No hubo grandes artificios ni ese vídeo retrospectivo tan habitual en muchas giras de despedida/aniversario.

En ese contexto, las pantallas laterales cumplieron una función importante en una sala de gran formato como el Coliseum, permitiendo seguir de cerca la ejecución sin convertir la imagen en el centro del espectáculo. Dentro de esa sobriedad, las apariciones de Vic Rattlehead funcionaron como una de las pocas concesiones teatrales de la noche, más efectivas precisamente porque no se abusó de ellas.?

Antes de comenzar a desgranar la actuación, conviene detenerse en la calidad de esta encarnación final de Megadeth. La banda siempre ha sido agresividad, sí, pero también precisión, músculo técnico y una exigencia instrumental que no perdona medias tintas. En ese terreno, Teemu Mäntysaari tuvo a finales de 2023 una papeleta nada sencilla: ocupar el espacio dejado por Kiko Loureiro sin que la maquinaria perdiese filo. A estas alturas ya parece evidente, y en A Coruña volvió a quedar claro, que lo ha conseguido con una solvencia enorme. A su lado, Dirk Verbeuren sostuvo el repertorio con una batería firme, precisa y llena de carácter, mientras James LoMenzo aportó presencia, empaque y un apoyo vocal importante en varios estribillos.

Más allá de los nombres, quedó la sensación de una banda bien avenida, con Mustaine como eje simbólico y una formación capaz de defender el legado sin sonar a museo ni a simple ejercicio de nostalgia.

Entrando en materia, el arranque con ‘Tipping Point’ planteó una cuestión inevitable: si una gira de despedida debe abrir con material nuevo o con memoria pura. La apuesta tenía sentido como reivindicación del presente, pero también elevaba la exigencia del impacto inicial. En ese equilibrio se mueve el reciente Megadeth: un álbum sólido, honesto y reconocible, aunque no llega a ser el broche definitivo que una carrera así parecía pedir, como ya señalábamos en la crítica publicada en Metalegun.

En el primer tramo también se percibió algún pequeño vaivén en la voz de Mustaine, como si entrase y saliese por momentos, aunque fue algo leve, más acusado al inicio que en el resto de la noche, y en ningún caso suficiente como para empañar la experiencia. Puestos a buscar microfallos, ahí estaría uno de los pocos. A cambio, la banda transmitió desde el principio una compenetración altísima. Teemu Mäntysaari no paró quieto, y buscó la complicidad con Mustaine en varios momentos.

El primer gran estallido llegó con el enlace directo hacia ‘Hangar 18’. Ahí el Coliseum se vino abajo por primera vez. Todo un golpe de autoridad histórico y el recordatorio inmediato de que, por mucho que esta despedida ‘solape’ con la presentación del último disco de la banda, la columna vertebral emocional de Megadeth sigue descansando sobre canciones capaces de activar a varias generaciones a la vez.

Visualmente, ‘Hangar 18’ quedó bañado en un rojo intenso que reforzó su carácter urgente y amenazante, dentro de una puesta en escena que, sin demasiados recursos añadidos, supo sacar mucho partido a la iluminación. Fue además uno de los momentos de mayor movimiento sobre las tablas, con los músicos cruzándose, ocupando espacios y buscando posiciones casi coreografiadas, como si Megadeth quisiera marcar desde el principio que el concierto también iba a tener presencia física, no solo ejecución técnica. Y cuando llegó la parte de los solos, la respuesta fue directamente salvaje: el público coreó ‘Megadeth’ con una entrega que terminó de convertir ‘Hangar 18’ en la primera gran sacudida colectiva de la noche.

La primera parte del concierto mantuvo un equilibrio muy efectivo entre algunas etapas de la banda, aunque con una presencia especialmente notable de ‘Countdown to Extinction’, probablemente el álbum más representado de la noche. ‘This Was My Life‘ reforzó esa lectura antes de que ‘Skin o’ My Teeth’, sumase otra parada en ese mismo territorio. En mi caso, además, ese momento quedó atravesado por los gajes del oficio: tras las tres primeras canciones de rigor en el foso de fotógrafos, tocaba abandonar la primera línea, guardar el equipo e integrarse de nuevo entre el público, así que esta vez ‘Skin o’ My Teeth’ pasó más como transición vivida a medias que como escena plenamente observada.

Ya plenamente situado de nuevo en la sala, ‘Dread and the Fugitive Mind’ permitió recuperar el pulso con una claridad absoluta. El tema sonó increíble, como en realidad fue la línea general de toda la noche, teloneros incluidos. Sonido compacto, nítido y con pegada, sin que ninguna de las tres bandas pareciese sufrir las habituales servidumbres acústicas de un recinto grande. Además, tuvo uno de esos puntos de respuesta colectiva que siempre elevan un tema en directo: en la parte de los solos, con la batería funcionando como una auténtica ametralladora, el público fue contestando con el consabido ‘hey!’, entrando en ese juego de llamada y respuesta que convierte la precisión instrumental en algo físico, compartido.

‘I Don’t Care’ trajo consigo la aparición de Vic Rattlehead, la mascota de Megadeth, vestido de blanco como en la portada de su último álbum y utilizado como un recurso escénico puntual pero muy efectivo. En una gira de despedida, su presencia tuvo algo más que valor decorativo: Vic funciona casi como la encarnación física de la mitología de la banda, el recordatorio de que Megadeth no son solo canciones, sino también una iconografía reconocible que ha acompañado a varias generaciones.

Más adelante lo veríamos reaparecer con su vestuario más clásico; de momento, el concierto siguió su curso con ‘Poison Was the Cure’ seguida de ‘Sweating Bullets’, que volvió a ser uno de esos momentos en los que la personalidad de Dave Mustaine se impuso a cualquier debate ‘técnico-vocal’. Está claro que su rendimiento ya no es el de antaño, pero esa merma no afectó a la experiencia global ni restó peso a un concierto que siguió funcionando con autoridad. Mustaine puede sonar más limitado, pero continúa transmitiendo oficio, resistencia y esa presencia áspera que siempre ha formado parte del ADN de Megadeth.

El bloque medio permitió respirar sin bajar del todo la tensión. La reciente ‘Let There Be Shred’ reforzó la idea de una banda que sigue entendiendo el thrash como una? escuela de virtuosismo, no solo como una cuestión de velocidad. Después, el viaje a Youthanasia llegó con ‘A Tout le Monde’, y ahí la noche cambió de temperatura emocional. Sin duda fue uno de los grandes regalos de la velada coruñesa.

Que haya variaciones entre fechas es positivo, pero también convierte cada concierto en una pequeña lotería: a Valencia y Bilbo les tocó quedarse sin ella; en A Coruña, en cambio, tuvimos la suerte de escuchar una de las canciones de Megadeth que mejor encaja con el contexto de una despedida. Claro que toda lotería tiene su reverso, y aquí también hubo renuncias: nos quedamos sin ‘Mechanix‘ y sin ese guiño histórico que supone recuperar ‘Ride the Lightning‘, pero la mezcla de emoción, solemnidad y cierre de ‘A Tout le Monde’ compensó buena parte de esas ausencias. La reacción del público, desde luego, pareció dar la razón a esa idea. La gente enloqueció desde el primer instante, con un comienzo fantástico que situó a Teemu Mäntysaari bajo el foco, atacando esos inconfundibles acordes iniciales acompañado por una segunda guitarra. No fue casualidad que ese arranque coincidiese con uno de los momentos de mayor profusión de móviles en alto de toda la noche.

En cuanto entró la voz de Mustaine, el foco se duplicó para abrirle paso, aunque ahí también apareció una de las pocas sombras del tema: el estribillo le costó bastante más, con una voz claramente más frágil que en otros tramos. El entusiasmo del público cantándolo con él, eso sí, amortiguó cualquier posible caída. En la parte final llegó una de sus pocas intervenciones directas hacia el respetable (‘Sing with me, come on!’), más significativa aún en una noche en la que tampoco abusó precisamente del discurso entre canciones, como suele ser habitual. El cierre, con las guitarras dobladas sonando de forma apabullante, terminó de convertir ‘A Tout le Monde‘ en uno de esos momentos que justifican por sí solos la suerte de haber estado en la fecha adecuada.

Después llegó ‘Angry Again’, otro corte con historia propia dentro del universo Megadeth, nacido para la banda sonora de Last Action Hero, la película de 1993 protagonizada por Arnold Schwarzenegger. En directo quizá no fue una de las piezas más llamativas de la noche en términos escénicos, pero sí permitió fijarse en detalles que explican muy bien el estado actual de la formación: Mustaine pareció algo más cómodo vocalmente, apoyado por James LoMenzo en los estribillos, mientras Dirk Verbeuren volvía a brillar con esa mezcla de precisión, naturalidad física y pequeños tics visuales, como el gesto de levantar la baqueta izquierda antes de volver a descargar el golpe.

‘Angry Again’ dejó además constantes juegos de complicidad entre Teemu Mäntysaari y James LoMenzo, con miradas, cruces y una sensación evidente de banda disfrutando desde dentro. Teemu se sumó también a los coros en el último estribillo y volvió a reivindicarse en los solos con enorme autoridad. No fue, quizá, el momento más incendiario del repertorio, pero sí uno de esos tramos que explican bien cómo funciona Megadeth en 2026: Mustaine como eje simbólico, rodeado de músicos capaces de sostener y elevar cada canción sin forzar el protagonismo.

A continuación llegó el característico arranque de ‘Trust‘, con ese patrón casi tribal de toms y bombo, los sintetizadores creando ambiente al fondo y una entrada que sigue siendo uno de los mejores comienzos de canción en toda la historia de Megadeth. La respuesta del Coliseum fue inmediata: primero acompañando con palmas ese pulso reconocible, después saltando en cuanto entró el riff principal. Fue otro de los puntos álgidos que solo disfrutó A Coruña, y aquí la lotería de los cambios entre fechas volvió a acertar de pleno.

Mustaine encontró apoyo vocal en los estribillos, con Teemu y LoMenzo reforzando unas líneas que la sala cantó con entrega, antes de que la parte instrumental dejase uno de esos momentos de puro postureo maravilloso, con Dave y Teemu juntando guitarras a los pies de la muy elevada batería. ‘She-Wolf’ mantuvo el pulso antes de que ‘Countdown to Extinction’ añadiese densidad y pausa dramática a la recta final. Era evidente que el concierto se acercaba a su último tramo, pero Megadeth todavía tenía por delante una secuencia de canciones con peso suficiente para sostener la tensión sin artificios.

‘Tornado of Souls’ abrió el último bloque de grandes clásicos, elevando la exigencia técnica y dejando uno de los momentos visualmente más llamativos de la noche, con los focos dibujando sobre el escenario un efecto casi de tornado que acompañó muy bien el carácter del tema. A partir de ahí, la banda entró ya en terreno de artillería pesada.

Le siguió ‘Peace Sells’, tremendamente celebrada por un Coliseum que, acercándose ya a la hora y media de concierto, no daba señales de bajar la energía. La entrada del bajo volvió a sonar como una declaración de intenciones, y el escenario quedó inundado de rojo, reforzando el carácter desafiante de un tema que sigue funcionando como himno de combate. La única pega estuvo en la voz de Mustaine, algo baja en la mezcla por momentos, aunque ese detalle quedó absorbido por la fuerza de una canción que ya funciona casi por inercia histórica. Cuando llegó la parte acelerada, la sala respondió como correspondía: circle pits, adrenalina disparada y una de las mejores conexiones entre banda y público de toda la noche.?

Todavía quedaban un par de balas inevitables en la recámara, y la primera fue ‘Symphony of Destruction’. La sinfonía llegó tremendamente celebrada, con ese mítico ‘¡Megadeth, Megadeth, aguante Megadeth!’, que el público argentino popularizó en los noventa y que, con el tiempo, terminó convirtiéndose en una parte casi inseparable del ritual en directo del tema. En A Coruña también prendió, claro, porque hay cánticos que viajan mejor que muchas canciones y este ya pertenece al imaginario colectivo de cualquier seguidor de la banda. Fue uno de esos momentos en los que la nostalgia y la adrenalina se mezclan sin pedir permiso. Si ‘Peace Sells’ había funcionado como himno de combate, ‘Symphony of Destruction’ tuvo algo de celebración amarga: una canción coreada como si el final no estuviese tan cerca, precisamente porque todos sabíamos que lo estaba.

Y el cierre no dejó lugar a demasiadas dudas. ‘Holy Wars… The Punishment Due‘ sonó como lo que es: uno de los pilares absolutos de una carrera irrepetible. Ahí el concierto entró definitivamente en terreno de celebración colectiva, con el público entregado y la banda administrando sus últimos cartuchos con la seguridad de quien sabe que no necesita adornar demasiado el discurso. Cuando tienes canciones así, basta con tocarlas con dignidad. Y Megadeth lo hizo.

En lo organizativo, la noche dejó además una impresión muy positiva: producción fluida, tiempos bien medidos y sensación general de evento bien engrasado. También el trato a prensa fue ejemplar, algo que no siempre se puede dar por hecho en giras de este tamaño y que aquí facilitó el trabajo sin fricciones ni improvisaciones innecesarias.

Al final, lo que queda del paso de Megadeth por A Coruña no fue tanto la sorpresa como en la constatación. Megadeth sostuvieron su legado con un concierto sobrio, eficaz y emocionalmente poderoso. Y en A Coruña, con un Coliseum prácticamente lleno, dos bandas nacionales saliendo a morder y unos Megadeth todavía capaces de imponer jerarquía, esa constatación sonó fuerte. Sonó a despedida, sí, pero también a victoria. O, por decirlo como quizá solo aquí tenía sentido decirlo: sonó a dez.
Texto y Fotos: Dr. Reifstein
Edición fotográfica: Tania Threepwood



