
Artista: KAMELOT
Álbum: Dark Asylum
Sello: Napalm Records
Fecha lanzamiento: 28 – Agosto – 2026
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LA BELLEZA DE PERDER LA RAZÓN
RavenHill abre sus puertas y Kamelot no tardan en llenarlo de catedrales, locura, ciencia, religión, marionetas y alquimia. Sobre el papel, Dark Asylum, decimocuarto álbum de los estadounidenses, tiene todos los ingredientes para acabar sepultado bajo su propio concepto. Después de más de tres décadas haciendo de la teatralidad una parte esencial de su lenguaje, la banda sabe que el decorado solo aguanta si detrás hay canciones, y por suerte, aquí las hay.
Una de las primeras cosas que sorprenden de Dark Asylum es lo compacto que resulta pese a todo ese aparataje. Quince cortes pueden hacer pensar en una obra mastodóntica, pero el disco apenas supera los 51 minutos y tres de ellos, ‘Sanctorium’, ‘Nocte Veritas’ y ‘Sanctum Requiem’, funcionan como introducción, transición y epílogo. Ninguna canción propiamente dicha alcanza los cinco minutos. Kamelot quieren contarnos una historia sin recurrir a suites de doce minutos ni narraciones eternas. Les bastan canciones concisas, motivos que regresan, letras conectadas y personajes que entran y salen de escena.
La puerta de entrada es RavenHill Asylum, una antigua catedral reconvertida en institución psiquiátrica donde ciencia, fe y locura conviven con bastante poco respeto por la salud mental del visitante. Cuanto más se profundiza en las letras, menos claro resulta que RavenHill sea únicamente un lugar físico. Sus pasillos y habitaciones pueden leerse también como compartimentos de una mente fracturada, recuerdos, culpas e identidades convertidos en arquitectura.
La propia palabra asylum resume buena parte del juego. Puede ser encierro o refugio. En ‘Ashen World’ el impulso es escapar, pero hacia su final reaparece ‘Sanctuary’, el hogar. Mi lectura es que el protagonista no termina abandonando RavenHill tanto como cambiando su relación con aquello que representa. En ‘Dark Asylum’ asegura haber construido la catedral que lo aprisiona y, en ‘Godlike Alchemy’, se define como la llave y la jaula. Prisionero, arquitecto y carcelero podrían ser la misma persona.
Nada mal para algo que, visto desde fuera, podría reducirse a “Kamelot en un manicomio victoriano”. En Ravenclaw… perdón, RavenHill (perdón, si no hago un guiño friki por crítica, no me quedo a gusto), oscuridad y luz vuelven continuamente y no solo como elementos de portada. Hay pérdida y recuperación, sueño y despertar; también voces que llaman desde alguna parte. El disco insiste en esas imágenes, a veces con bastante sutileza y otras con toda la catedral encima.
Ese mundo oscuro resulta muy familiar. Kamelot llevan años encontrando belleza en lugares desagradables, desde este manicomio hasta el mismísimo séptimo infierno en el que perdimos a Roy Khan. Y hay un nombre imposible de separar de ese sonido: Sascha Paeth.
Paeth produce a Kamelot desde The Fourth Legacy, allá por 1999. Dark Asylum es el undécimo álbum de estudio consecutivo de la banda bajo su producción y, a estas alturas, casi puede considerarse su miembro invisible. Conoce los mecanismos internos del grupo y sabe cuánto espacio necesita cada elemento. Eso importa en un disco que podría convertirse fácilmente en una pasta de coros, guitarras y orquesta. Jacob Hansen remata desde la mezcla y el mastering y evita precisamente eso: los riffs siguen pegando, la voz queda delante cuando toca y la base rítmica conserva peso. Incluso en los estribillos más cargados se puede seguir la guitarra sin tener que ir a buscarla debajo de veinte pistas. Dark Asylum suena musculoso y brillante, muy controlado, quizá incluso demasiado pulcro en algún momento. Cuando se desborda, al menos no se embarra.
También hay una lista considerable de colaboradores. Ignacia Fernández, Clémentine Delauney, Rannveig Sif Sigurðardóttir, Sólveig Sara Leupold o Lea-Sophie Fischer entran y salen del disco aportando voces y matices al mundo de RavenHill; rara vez da la sensación de que estén ahí porque había que imprimir cinco nombres más en la contraportada. Y entonces va Kamelot y mete al propio Tobi en el manicomio. Con Tobias Sammet la conexión con Avantasia sale sola, por su forma de entender el metal como teatro y por la presencia de Paeth en la historia de ambos proyectos. Me ahorraré lo de Kamelotasia (de momento).
‘Sanctorium’ abre RavenHill con narración y atmósfera. Es un recurso manido, sí, aunque con un álbum tan explícitamente teatral casi resultaría más raro entrar directamente hasta la cocina. Después, ‘Ashen World’ tiene que abrir de verdad el disco y lo hace con cierta “timidez”, entre comillas porque no hablo de contundencia. El riff inicial guía prácticamente todo el primer vistazo y la estructura avanza por terrenos que Kamelot conocen de memoria. En la primera escucha deja esa sensación incómoda de “tema de apertura de Kamelot que ya hemos oído antes”. Es efectivo, elegante y está perfectamente construido, quizá demasiado. Todavía no enseña qué tiene Dark Asylum de particular.
Con las escuchas gana bastante. Los detalles empiezan a asomar y el tramo final termina de enganchar, sobre todo cuando Tommy Karevik se saca de la manga uno de esos voceos sin palabras (ooooOOOoooOOoOOoh, ya sabéis como es esto) que se instalan directamente en el encéfalo. Es fácil imaginar a varios miles de personas devolviéndoselo en directo. Cuando ‘Ashen World’ llegue al escenario, y tiene toda la pinta de caer sí o sí, apostaría a que Karevik entregará esa melodía al público a la primera oportunidad. También me quedo con los gritos cercanos al gutural de las estrofas previas a los solos y del final. Son pequeñas capas que pasan inadvertidas hasta que llevas varias escuchas. Estructura y tempo, eso sí, siguen siendo del todo convencionales. ‘Ashen World’ necesita varias vueltas para dejar de parecer un saludo demasiado conocido.
‘Dark Asylum’ baja ligeramente las revoluciones y nos mete en los pasillos. La introducción de Kiara Huber da paso a guitarras y orquestaciones a un tempo medio-rápido, con Youngblood conservando suficiente peso para que el decorado no engulla la canción. Karevik empieza aquí a enseñar esa falta de contención que será una constante en buena parte del álbum. En la segunda estrofa, sobre todo, parece dispuesto a exprimir cada frase antes de desembocar en un estribillo puro Kamelot, seguramente el momento más inmediato del tema.
No ha terminado de subir demasiado en mi ranking particular del álbum. Me interesa bastante más la transición hacia la sección instrumental, Palotai encontrando su hueco con el teclado y esas notas de piano que rebajan la tensión antes de recuperar el pulso. También funciona bien la manera de integrar las colaboraciones sin ponerle un foco enorme encima. El conjunto, en cambio, se me queda por debajo de esos detalles. Aquí la familiaridad de la fórmula pesa.
‘Sanctuary’ entra bastante más arriba. Empieza como un medio tiempo poderoso y los arreglos orquestales, junto con unos coros cargadísimos, provocan el primer gran estallido del álbum. La entrada de las voces femeninas cambia el color del tema y la voz gutural lo vuelve a ensuciar deliciosamente, justo después. Esa alternancia entre perturbación y seguridad funciona mejor que cualquier explicación del título. En el estribillo final la voz femenina toma el mando, el tema sube un tono y ahí sí: primer momento de los que obligan a volver atrás.
El título, además, empieza a complicar el concepto. ‘Sanctuary’ significa refugio y aparece cuando el protagonista todavía parece querer escapar. Clémentine Delauney e Ignacia Fernández amplían la escena sin disputar el centro a Karevik; sus voces hacen que ese refugio deje de sentirse como algo puramente individual. Conviene guardar la palabra “sanctuary”. Volverá cuando las cosas estén bastante peor.
‘Nocte Veritas’ sirve de anclaje narrativo con coros misteriosos y los consabidos arreglos orquestales. Breve, funcional y al grano. Después entra Tobias Sammet en ‘One Last Masquerade’, y ahí el disco cambia de gesto.
Que Sammet cante bien no es noticia. Lo que interesa es cómo interpreta. Máscaras, marionetas, figurines, minuetos nocturnos, todo el vocabulario del tema pertenece al escenario y Tobi se mueve ahí como pez en el agua. Dramatiza las frases, cambia intenciones y acaba sonando más a personaje que a invitado con estrofa asignada. Frente a Karevik aparece además un pequeño duelo actoral, y Karevik lleva años demostrando que tampoco necesita demasiada invitación para meterse en un papel.
El riff principal tiene peso, el estribillo pide participación y vuelve ese diálogo entre guitarra y teclado tan característico de Kamelot. Aun así, las voces se llevan casi toda la atención. Sammet entra realmente en su universo durante unos minutos y RavenHill se acerca peligrosamente a una función de Avantasia. Solo que esta vez el escenario no es suyo.
Casi en la mitad del álbum llega la balada. ‘Ivy, My Dear’ reduce de golpe la escala con guitarra acústica, arreglos de flauta y un Karevik que no necesita demasiadas capas para sostener la emoción. Después de tanta arquitectura, máscaras y enfermedad, el escenario se hace pequeño. Ya no parece que estemos recorriendo una institución entera, sino entrando en la habitación de alguien.
También hay un pequeño vínculo con ‘One Last Masquerade’, donde aparecía mencionada la hiedra venenosa (poison ivy). Puede ser un simple juego de continuidad, aunque encaja demasiado bien en un álbum atento a estos pequeños ecos como para ignorarlo. Musicalmente, el cambio le sienta de maravilla al conjunto. La melodía tiene espacio, Karevik puede frasear sin pelearse con una muralla sinfónica y la canción respira. No suena a la balada que tocaba poner en la pista siete.
La producción vuelve a ser descomunal incluso aquí. Si la llevan al directo tendrán que simplificar arreglos o apoyarse bastante en pistas y samplers, porque un único teclista lo tendría complicado para reproducir todas esas capas. Hacía tiempo que una balada de Kamelot no me llegaba tanto. Es también uno de los pocos momentos del disco que pertenecen casi por completo a Karevik; más allá de algún acompañamiento femenino muy puntual, ‘Ivy, My Dear’ depende de lo que él sea capaz de hacer con cada frase. Y hace bastante.
Cambio abrupto. ‘Godlike Alchemy’ entra con fuerza, aunque se mantiene en el medio tiempo. Aquí empieza a notarse con claridad el principal problema de Dark Asylum. La primera mitad ha presentado suficientes cambios de ambiente como para disimular que casi todo parte de una fórmula muy conocida, pero a partir de este punto, varios temas empiezan a rozarse entre sí. La calidad no cae de golpe, ni mucho menos, pero sí aparece esa sensación de haber oído hace veinte minutos un patrón parecido. ‘Ashen World’ ya había avisado y el tema titular tampoco terminó de despegar del todo. Para mí, ese continuismo pesa más que cualquier exceso conceptual.
El contraste entre guitarras y capas sinfónicas encaja con la alquimia de la letra, transformar una materia sin volverla irreconocible, y coloca al protagonista ante una de las frases clave del disco: “the key and the cage”. La prisión empieza a mirarse desde dentro. Karevik está especialmente cómodo, con más músculo y bastante libertad para pasar de la contención al desgarro. Como single aislado quizá no sea de los que más golpean; dentro de RavenHill encuentra mejor su sitio.
‘The Sleeping Mind (Orphic Paradigm)’ deja los arreglos algo más atrás y le sienta de maravilla. La batería se vuelve mucho más visible, ese doble bombo ametralladora no parece de este mundo y Youngblood disfruta de un protagonismo que echo de menos en algún otro punto del disco. El título nos lleva hacia el subconsciente justo después de la revelación de ‘Godlike Alchemy’. El protagonista ha empezado a comprender quién es, pero eso no ordena la habitación. Cuanto más despierta, más cosas encuentra debajo.
Lo intento, pero aquí no logro encontrarle demasiadas pegas. El estribillo entra con fuerza, la batería empuja de verdad y Youngblood tiene espacio para que la guitarra sea algo más que otra capa de la producción. Dark Asylum me funciona mejor cuando se rebaja el aparataje y aparece el heavy metal con menos adorno. Esa es, de hecho, otra pequeña pega al conjunto: Paeth y Hansen hacen un trabajo tremendo, pero hay canciones que ganan carácter en cuanto dejan de demostrarlo todo a la vez. Quizá por eso tengo tantas ganas de escuchar algunas en directo.
‘Kaleidoscope’ recupera velocidad y algo más de luz. Es uno de los momentos más claramente power metal del disco y uno de los que mejor esquivan la sensación de repetición de esta segunda mitad, precisamente porque cambia la dinámica y deja que melodía y guitarra tiren hacia delante. El concepto del caleidoscopio encaja con la identidad fracturada del relato: las mismas piezas cambian de posición y producen otra imagen. Y ya. Tras darle un par de vueltas al borrador de esta crítica, creo que el que está empezando a ser reiterativo con la fórmula Kamelot soy yo, así que prometo no volver a explicarla.
‘Enigma (Think of Me)’ baja las revoluciones y, con 4:56, se convierte en la canción más “larga” del álbum. El dato sigue siendo curioso: Kamelot han metido quince pistas en poco más de cincuenta minutos y ni siquiera aquí sienten la necesidad de estirar una idea porque sí. La letra vuelve a la memoria y al miedo a desaparecer. “Think of me” puede sonar a petición de recuerdo, aunque dentro de RavenHill también tiene algo de súplica de alguien que empieza a dudar de su propia identidad.
El cambio de dinámica funciona, aunque ‘Enigma’ me resulta menos memorable que varias de sus compañeras. Tiene solemnidad, peso y ese aire de cierre de segundo acto que le corresponde por posición, pero la melodía no se me queda con la misma facilidad. Ojo, eso sí, a la sección de solos. Probablemente sea la mejor del álbum y casi consigue cambiarme la valoración del tema por sí sola.
‘Cassandra’s Disease’ empieza con calma y pronto se convierte en un medio tiempo potente que me pide directo desde la primera vuelta. Si había un personaje mitológico con papeletas para terminar encerrado en RavenHill era Cassandra. La profetisa condenada a decir la verdad sin que nadie la crea encaja de manera bastante retorcida con la enfermedad del protagonista. El “round and round”, repetido de esa forma, deja de sonar a simple recurso lírico. Parece un síntoma.
Karevik canta y transmite de mil maneras, pero el momento que me termina de ganar llega al final. Cuando parece que la canción se acaba, Kamelot cambian el tempo y meten de la nada un estribillo acelerado. No es un giro complicado ni una marcianada progresiva: simplemente entra donde no lo esperaba y la canción se vuelve a levantar. Vaya, pensaba que ya me estaba fascinando y esa última sorpresa termina de decidirme. Va directa a mi top 3 del álbum.
Con apenas dos minutos, ‘Beneath the Moon (Tunglið)’ funciona casi como un interludio con entidad propia. Una acústica de marcado aroma céltico abre el tema, entra el violín de Lea-Sophie Fischer, de Eluveitie, y después llegan las voces de Rannveig Sif Sigurðardóttir y Sólveig Sara Leupold. Hay algo de Blackmore’s Night en esa delicadeza y en el color tradicional. Sobre el papel podría parecer un apéndice raro; colocado entre ‘Cassandra’s Disease’ y ‘The Puppet King’, agradezco muchísimo esos dos minutos.
Tunglið significa ‘la luna’ en islandés, idioma en el que está interpretada la letra. Después de tanta densidad, esos dos minutos dejan entrar aire. En directo puede ser peligrosa: mal colocada, rompe el ritmo de un concierto; bien montada, obliga a bajar pulsaciones justo antes del último golpe. Tengo curiosidad por ver qué hacen con ella.
‘The Puppet King’ juega al despiste desde el primer segundo. Una voz melódica se desliza sobre un piano casi desnudo y durante unos quince segundos parece que Kamelot van a concedernos otra pausa. Es un espejismo. Entra el riff y se acabó la calma. Melódico, dramático y absolutamente matador, no necesita una complejidad absurda: la fuerza está en cómo la melodía arrastra consigo la voz y el resto de la banda.
Karevik transmite dolor y desgarro como en pocos momentos del disco. Los flirteos anteriores con la luz aquí se difuminan y la esperanza prácticamente desaparece de la interpretación. Luego llega la sección instrumental y todavía encuentra otra marcha cuando parecía que ya no quedaba demasiado por descargar. Dark Asylum no ha estado precisamente conteniéndose durante cincuenta minutos, pero ‘The Puppet King’ sí suena a algo que la banda había guardado para el final. Es de los pocos momentos en los que la grandilocuencia deja de parecer una decisión estética y se convierte directamente en violencia.
Podría terminar perfectamente ahí. Sería un cierre brutal. Kamelot han dado con una melodía demasiado buena para dejarla morir y ‘Sanctum Requiem’ la recoge al piano, ya sin el músculo del tema anterior. Esa misma línea vocal, desnuda, cambia por completo de efecto. La frontera entre canción y epílogo prácticamente desaparece. Más que buscar otro golpe, dejan que el anterior siga resonando hasta apagarse.
Antes hay un detalle que termina de unir el recorrido. ‘The Puppet King’ recupera en sus últimos versos la letra de ‘Sanctuary’: el amigo y la oscuridad, la liberación, el refugio, el hogar. Aquello que habíamos oído mucho antes vuelve cuando el viaje está acabando y cambia de sentido. Empezamos queriendo escapar de un mundo de ceniza. Terminamos hablando de hogar. Por eso mi lectura de RavenHill acaba lejos de una simple institución de la que hay que huir; quizá había que atravesarla, aunque eso deje al pobre protagonista hecho unos zorros por el camino.
Ahí es donde más me convence Dark Asylum, cuando las conexiones aparecen dentro de las canciones y no necesitan un mapa del manicomio al lado. También quedan bastante claros sus límites. ‘Ashen World’ tarda en encontrar personalidad, el tema titular no termina de destacar y en la segunda mitad aparece cierta sensación de déjà vu entre medios tiempos. La fórmula está tan dominada que a veces Kamelot pueden sonar demasiado cómodos dentro de ella. Quien venga buscando una revolución va a salir decepcionado.
No hace falta fingir una ruptura que no existe. La mejora está en detalles muy concretos: Youngblood respira más cuando la orquesta se aparta, las voces invitadas suelen tener una función dentro del relato y ‘Ivy, My Dear’ demuestra cuánto puede hacer Karevik cuando le quitan peso de alrededor. Después ‘The Puppet King’ reutiliza una melodía en ‘Sanctum Requiem’ y consigue que el epílogo parezca parte de la canción anterior. Son ajustes dentro de una maquinaria conocida. Algunos se oyen a la primera; otros tardan bastante más.
Dark Asylum es más de lo mismo, pero mejor.
Dr. Reifstein



