Antes de ofreceros las últimas impresiones sobre el ZURBARAN ROCK 2026, queremos recordaros que tenemos varios artículos y crónicas disponibles de este edición que puedes encontrar a continuación pinchando sobre los enunciados:
– Impresiones sobre el ZURBATAN ROCK 2026
– Crónica e imágenes jornada 1
– Crónica e imágenes acústico Heave’s Gate
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La segunda jornada del Zurbarán Rock arrancaba con un reto añadido: superar un viernes que había dejado el listón muy alto. Tras el magnífico acústico matinal de Heaven’s Gate en la Plaza Llana de Afuera, y con el mercurio empeñado en convertir Burgos en una sucursal del infierno, la actividad regresaba al entorno de El Plantío.

The Poodles: Buenos, profesionales… y con una marcha menos de la esperada
No nos fue posible llegar a tiempo para las primeras actuaciones del día, de modo que nuestro desembarco en el recinto coincidió con una de las bandas más esperadas del fin de semana: The Poodles. Había muchos ingredientes para pensar que estábamos ante uno de los grandes conciertos del festival. Los suecos regresaban a los escenarios tras años de actividad intermitente, celebrando además el vigésimo aniversario de Metal Will Stand Tall, con una única fecha en nuestro país y una legión de seguidores españoles dispuestos a recibirles con los brazos abiertos.

La alineación tampoco era precisamente menor: Jakob Samuel al frente, acompañado por Pontus Norgren (sí, el mismo de HammerFall), Henrik Bergqvist, Pontus Egberg y Christian «Kicken» Lundqvist, una formación repleta de oficio y kilómetros a sus espaldas. La banda apareció sobre el escenario saludando entre sonrisas y dejando claro desde el primer minuto que aquello iba a ser una celebración.
El volumen seguía siendo algo elevado, como comentamos en nuestra crónica general, aunque la mejora fue evidente a lo largo de la jornada del sábado, con una mezcla más equilibrada que en el día anterior. Suficiente para disfrutar de una propuesta que sigue sustentándose sobre grandes melodías, estribillos inmediatos y un hard rock elegante que nunca ha pretendido reinventar absolutamente nada.

La apertura con ‘Echoes From The Past’ fue toda una declaración de intenciones. Apenas unos minutos después, ‘Metal Will Stand Tall’ provocó las primeras grandes ovaciones de la tarde, demostrando que el debut de la banda continúa siendo el corazón de su repertorio dos décadas después. Ahora bien, conviene ser honestos. Sobre el papel, todo estaba preparado para uno de los conciertos del fin de semana. En la práctica, la sensación final fue algo más templada.
Porque sí, The Poodles ofrecieron un buen concierto. Sonrieron, conectaron con el público y demostraron por qué llevan tantos años defendiendo estas canciones. Pero en ningún momento transmitieron la sensación de querer arrasar con todo. Frente al hambre y la energía desmedida exhibida por otras bandas del cartel, los suecos parecieron optar por una aproximación mucho más cómoda, casi de veteranos que saben perfectamente que no tienen nada que demostrar.

El principal foco de atención volvió a ser un Jakob Samuel tan extravagante como siempre. Americana azul en los primeros compases, posterior cambio de vestuario y, finalmente, atuendo blanco con detalles rojos para la recta final. El vocalista mantuvo en todo momento una actitud cercana y comunicativa, aunque vocalmente dejó algunas dudas. Sin llegar a firmar una mala actuación, dio la impresión de no encontrarse en su mejor día. Los registros más altos le exigieron más de lo esperado, dejando escapar algún pequeño desliz sin mayor importancia, mientras que en las baladas encontró claramente su terreno natural.
De hecho, fue en piezas como ‘Without You’ y ‘Crying‘ donde ofreció sus mejores momentos, mostrando una interpretación más cálida y controlada. Curiosamente, cuanto menos necesitaba demostrar, más convincente resultaba. El repertorio avanzó alternando clásicos como ‘Cuts Like a Knife’, ‘Shadows’, ‘Flesh and Blood’ o ‘Thunderball‘, siempre con un público absolutamente predispuesto a disfrutar. Hubo también espacio para un breve momento de interacción algo más prolongado, además de una invitación de la banda a prolongar la fiesta por las calles de Burgos durante la presentación de ‘Like No Tomorrow’, recibida entre risas y aplausos.

En el apartado instrumental, poco que reprochar. Pontus Norgren y Henrik Bergqvist cumplieron con solvencia, mientras que Pontus Egberg y Kicken sostuvieron el conjunto con la naturalidad que cabe esperar de músicos de su trayectoria. Hubo incluso tiempo para un pequeño lucimiento guitarrero, aunque sin romper en ningún momento el ritmo de un concierto que avanzó con notable fluidez.
La recta final llegó con ‘Seven Seas’, acompañada de la promesa de regresar en el futuro, antes de que la imprescindible ‘Night of Passion’ pusiera punto final a una actuación que, siendo buena, dejó cierto sabor a oportunidad perdida. Quizás el mejor resumen de lo ocurrido llegó después del concierto. Charlando con varios aficionados de la banda, la impresión era bastante coincidente: nadie salió decepcionado, pero tampoco especialmente entusiasmado. De hecho, algunos de sus seguidores más fieles reconocían haber esperado algo más de una banda cuyo regreso había generado una expectación considerable.

Buen concierto, sí. Profesional, también. Pero en un Zurbarán Rock que nos dejó varias actuaciones memorables, el paso de los suecos por Burgos terminó situándose, al menos para quien firma estas líneas, un pequeño escalón por debajo de lo esperado. Eso sí, y como nota muy positiva de por parte de la banda, tras bajar del escenario, los miembros de The Poodles se dirigieron al puesto de merchandising para atender a los seguidores y firmar discos, camisetas y otros recuerdos. Un gesto de cercanía que prolongó el contacto con el público más allá del concierto y fue muy bien recibido por los asistentes.
Khorea: una rara avis en el cartel del Zurbarán
El Zurbarán Rock siempre ha entendido que un festival no debe limitarse a reunir grandes nombres internacionales. También debe servir para dar visibilidad al talento emergente y a la escena local. En ese sentido, la presencia de Khorea estaba más que justificada. Ganadores del Festival Las Candelas en la categoría burgalesa, el cuarteto llegaba con la responsabilidad de defender el metal de casa, y lo hizo dejando una de las propuestas más singulares de toda esta novena edición.

Formados por músicos con una larga trayectoria en bandas como Sexma, MortSubite y D13, Khorea demostraron desde el primer momento que no eran un grupo novel al uso. Sobre las tablas, las tablas (valga la redundancia) eran evidentes. Rulo a la voz, Isra a la guitarra, Vicen al bajo e Iván a la batería ofrecieron un concierto sólido, técnico y muy trabajado, sustentado en un repertorio extraído principalmente de su debut Into The Maelstrom y de su reciente EP In Vitro.

Musicalmente, fueron una auténtica anomalía dentro del cartel, y eso es un elogio. Mientras gran parte del festival orbitó alrededor del heavy metal, el hard rock y el power más tradicionales, los burgaleses apostaron por una propuesta contemporánea y difícil de encasillar. En su sonido conviven elementos de death melódico, metal alternativo, pasajes de corte industrial y una evidente querencia por los cambios de dinámica y las estructuras menos previsibles. Nada de estribillos facilones ni fórmulas manidas.
Temas como ‘No God’s Good’, ‘This Pain’, ‘Into The Maelstrom’, ‘In the Void’, ‘Break the Crown’, ‘Carpe Diem’ o ‘Rise The Phoenix’ fueron cayendo con contundencia, apoyados por un público local que respondió como cabía esperar ante una banda que jugaba en casa. Especialmente destacable resultó la labor de Isra, firmando algunos de los momentos más inspirados a las seis cuerdas, mientras que la sección rítmica formada por Vicen e Iván sostuvo el conjunto con una precisión casi quirúrgica.

Mención aparte merece Rulo, capaz de alternar voces limpias, registros más agresivos, screams y guturales con notable solvencia. Su interpretación fue una de las claves para dar cohesión a un repertorio que, lejos de buscar la inmediatez, exige cierta implicación por parte del oyente. Porque esa es, precisamente, la mayor virtud y a la vez el mayor reto de Khorea: no son una banda que pretenda conquistar al público por el camino fácil. Su música pide atención, pero la recompensa está ahí. Y en un festival donde abundaron los sonidos más clásicos, su propuesta destacó por méritos propios.

También hubo espacio para mirar más allá de la música. Khorea aprovecharon uno de los momentos de la actuación para denunciar el genocidio que se está cometiendo en Gaza. Un posicionamiento rotundo que fue recibido con aprobación masiva y que recordó que el metal, además de evasión y entretenimiento, también debe ser una herramienta para señalar las injusticias, remover conciencias y no guardar silencio ante el sufrimiento de todo un pueblo.

Puede que fueran una de las bandas menos conocidas del cartel, pero también una de las más diferentes. Y eso, en un festival con personalidad como el Zurbarán Rock, es algo que siempre merece celebrarse. Si mantienen esta progresión, no sería extraño volver a encontrarlos en escenarios cada vez más grandes. De momento, Burgos ya puede presumir de tener una nueva referencia dentro de su escena metálica.
Heaven’s Gate: viviendo de nuevo la histeria
Tras el contundente paso de Khorea, el Zurbarán Rock volvió a dar un giro de 180 grados para adentrarse de lleno en el power metal más clásico. Si el acústico matinal ya había dejado claro que Heaven’s Gate seguían conservando intacta su magia, ahora llegaba el momento de comprobar todo su potencial en formato eléctrico y con unas condiciones mucho más favorables. Atrás quedaba el calor infernal de la mañana; con el sol ya escondido y una temperatura mucho más amable, la formación encontraba el escenario perfecto para firmar una de las actuaciones más esperadas del festival.

Y es que ver hoy a Heaven’s Gate sobre un escenario es un auténtico lujo. La banda alemana apenas realiza actuaciones desde su regreso a los escenarios en 2023, por lo que cada una de sus apariciones adquiere un carácter especialmente excepcional. De hecho, y aquí podría fallarme la memoria, creo que nunca habían actuado en España. Burgos fue una de esas escasas paradas (las únicas de 2026) y el público respondió como cabía esperar: miles de gargantas entregadas desde el primer minuto y una expectación que se palpaba incluso antes de que sonara la primera nota.
La formación reunía además a buena parte del núcleo histórico del grupo: Sascha Paeth y Bonny Bilski a las guitarras, Thorsten Müller a la batería y Robert Hunecke-Rizzo al bajo. Como recién llegados, el teclista Corvin Bahn reforzando la propuesta y Herbie Langhans asumiendo la complicada misión de ponerse al frente de unas canciones que hicieron historia con Thomas Rettke. La química entre todos era evidente. Sonrisas constantes, complicidad sobre el escenario y la sensación de que ellos mismos estaban disfrutando de aquella reunión tanto como el público.

La actuación arrancó con ‘Under Fire’, seguida de ‘We Got the Time’ y una poderosa ‘Hell for Sale!’, dejando claro desde el principio que aquello iba muy en serio. Los asistentes respondieron de inmediato, coreando buena parte del repertorio y convirtiendo la descarga en una auténtica celebración para los aficionados de un grupo que jamás obtuvo el reconocimiento masivo que probablemente merecía.
Si en el acústico Herbie ya había preguntado cuántos de los presentes habían soportado el calor de la mañana, retomó ese guiño durante la actuación nocturna, agradeciendo el esfuerzo de quienes habían acompañado a Heaven’s Gate en ambas citas. Un detalle sencillo que reforzó aún más la cercanía de unos músicos que en todo momento se mostraron felices de estar en Burgos.

Musicalmente, el conjunto rayó a un nivel altísimo. Sascha Paeth confirmó por qué sigue siendo una referencia absoluta del heavy y el power metal europeo, firmando una interpretación impecable tanto en los riffs como en unos solos ejecutados con una naturalidad pasmosa. Bonny Bilski complementó perfectamente el trabajo a las seis cuerdas, mientras que la base rítmica formada por Thorsten Müller y Robert Hunecke-Rizzo sostuvo el repertorio con enorme solidez. También resultó muy acertada la incorporación de Corvin Bahn, cuyos teclados enriquecieron unas composiciones que siempre han tenido un importante componente melódico. La actuación de Herbie Langhans merece una mención aparte. Estuvo muy sólido durante buena parte de la noche y dejó nuevas muestras del enorme cantante que es. Eso sí, en ‘Livin‘ in Hysteria’ decidió ir claramente al límite. Los agudos de ese tema le exigieron más de la cuenta y, a partir de ahí, dio la impresión de administrar algo mejor sus recursos, dejando entrever que la garganta había acusado el esfuerzo. En cualquier caso, nunca dejó de entregarse al cien por cien, y su interpretación siguió transmitiendo pasión hasta el último minuto.
El repertorio recorrió buena parte de los discos fundamentales de Heaven’s Gate, con momentos especialmente celebrados en ‘Path of Glory’, ‘Best Days of My Life’, ‘Hot Fever’, ‘Tyrants’, ‘Can’t Stop Rockin’’ o una magnífica ‘Gate of Heaven’, recibida como uno de los grandes himnos de la noche. Si tuviera que poner un único ‘pero’ al repertorio sería precisamente ese: la ausencia absoluta de material de Menergy y Planet E. Siempre he pensado que son dos joyas olvidadas de la discografía de Heaven’s Gate, algo que considero profundamente injusto. Si más aficionados se acercaran a ese álbum, probablemente descubrirían una de las obras más inspiradas de la banda.

Siendo Menergy mi total debilidad, creo que canciones como ‘Mastermind’ o la inclasificable ‘Enter: Eternity’ siguen sonando hoy con una personalidad extraordinaria. Lo admito, aquí habla el fan, pero sigo pensando que prácticamente cada disco de Heaven’s Gate merece un monumento. Quizá parte de la explicación de ese reconocimiento incompleto se encuentre precisamente en la valentía con la que Heaven’s Gate decidieron afrontar su evolución. En una época en la que muchas formaciones de power metal optaban por mirar hacia atrás, repitiendo fórmulas reconocibles, universos fantásticos y esquemas cada vez más clónicos, ellos se atrevieron a buscar caminos diferentes dentro de su propio estilo y a mirar hacia el futuro.
Esa voluntad de avanzar, experimentar y ampliar los límites del género entrañaba un riesgo evidente, y la apuesta no terminó de ofrecerles los resultados que seguramente esperaban. Sin embargo, quedaron las canciones y también un buen puñado de seguidores que nunca dejaron de recordarlos. La entrega vivida en Burgos puso de manifiesto que aquella forma de entender el power metal, aunque no conquistara a las masas, sí dejó una huella profunda y duradera.

La recta final dejó además uno de los momentos más simpáticos de la velada. Con el tiempo prácticamente agotado, los músicos comprobaron que todavía disponían de un pequeño margen y decidieron aprovecharlo al máximo. Sin apenas despedidas ni discursos, agradecieron el apoyo recibido y se lanzaron con ‘In Control’ para, justo a continuación, regalar una inesperada ‘This Flight Tonight’. Un cierre memorable con un clásico originalmente compuesto por Joni Mitchell y popularizado por Nazareth, aunque muchos seguidores del heavy europeo también lo asociamos inevitablemente a la excelente versión que años después grabó Iron Savior, una formación cercana al universo de Heaven’s Gate.
Más allá de la calidad puramente musical, lo mejor de la noche fue comprobar que el regreso de Heaven’s Gate no vive únicamente de la nostalgia. Había veteranos que llevaban décadas esperando verlos por primera vez, pero también muchos aficionados descubriendo el enorme legado de un grupo imprescindible para entender la evolución del power metal europeo. Si gracias a citas como esta alguien decide sumergirse en su sobresaliente y escasa discografía, entonces todo habrá significado mucho más que un simple ejercicio de nostalgia. Porque Heaven’s Gate nunca debieron caer en el olvido.
La reina que aún se siente fan: Doro celebra el metal en el Zurbarán Rock
Había mucha expectación por ver a Doro Pesch en el Zurbarán Rock, pero incluso así consiguió superarla. Si tuviera que elaborar un podio personal de esta novena edición, me resultaría imposible decidir un vencedor absoluto entre Hardcore Superstar, Heaven’s Gate y la propia Doro. Cada uno ofreció argumentos diferentes para ocupar el primer puesto, aunque la alemana firmó, sin duda, una de las actuaciones más celebradas, emotivas y completas del festival. Si, soy plenamente consciente de que Overkill también se merecen estar ahí, pero aquí ya entramos en el terreno de la subjetividad y los gustos personales.
Porque una cosa es acumular más de cuatro décadas de carrera y otra muy distinta conservar intacta la capacidad de transmitir pasión desde un escenario. Doro no se limita a interpretar sus canciones: las vive, las comparte y consigue que miles de personas sientan que forman parte de ellas. En ese terreno, sencillamente, jugó en otra liga.
Desde el primer acorde de ‘Earthshaker Rock’, aquello dejó de parecer un simple concierto para convertirse en una celebración. ‘I Rule the Ruins’ mantuvo el impulso inicial y confirmó que el público había llegado dispuesto a entregarse desde el primer minuto. La banda sonaba compacta y poderosa, mientras Doro recorría las tablas irradiando esa mezcla de energía, humildad y magnetismo que la ha convertido en una figura única.
La primera gran aclamación no tardó en llegar. Apenas había transcurrido un puñado de canciones cuando miles de personas comenzaron a corear espontáneamente su nombre. Doro, visiblemente emocionada, respondió con un sencillo pero efectivo ‘¡Os quiero mucho!’ en un castellano más que reconocible. Cuatro palabras bastaron para provocar una nueva explosión de aplausos.
A esas alturas ya no había demasiadas dudas. Durante el fin de semana vimos excelentes vocalistas y grandes frontmen y frontwomen, pero, si hablamos exclusivamente de carisma, calidez humana y capacidad para conectar con el público, Doro fue probablemente la artista más destacada del festival. Nunca transmite la sensación de estar actuando para una masa anónima. De algún modo, consigue que parezca que está cantando para cada una de las personas que tiene delante.
Sería injusto, sin embargo, reducir todo lo ocurrido a la figura de su vocalista. A las guitarras, Bas Maas y Bill Hudson formaron una dupla perfectamente compenetrada, alternándose el protagonismo y aportando músculo a un repertorio repleto de clásicos y entendiendo a la perfección cuándo dar un paso al frente y cuándo trabajar al servicio de las canciones. En la sección rítmica, Stefan Herkenhoff volvió a ejercer como uno de los pilares del directo, mientras Johnny Dee sostuvo la actuación con contundencia y precisión desde la batería.
El conjunto funcionó como una maquinaria perfectamente engrasada, pero sin transmitir frialdad ni automatismo. Hubo sonrisas, miradas de complicidad y una sensación constante de que los músicos estaban disfrutando tanto como quienes los contemplábamos desde abajo. Más que una banda de acompañamiento, lo que vimos sobre el escenario fue una auténtica familia metalera.

A nivel visual, el concierto fue también uno de los grandes espectáculos del Zurbarán Rock. La pirotecnia estuvo presente durante buena parte de la actuación y obligó a quienes trabajábamos en el foso a permanecer en alerta permanente. Más de una vez hubo que anticipar la siguiente llamarada para evitar terminar ligeramente chamuscados.
Sin dramatizar demasiado: sobrevivimos todos para contarlo. Pero hacer fotografías se convirtió por momentos en una suerte de deporte de riesgo. Las llamaradas acompañaron muchos de los grandes estribillos y proporcionaron algunas de las imágenes más impactantes del festival, aportando espectacularidad sin desviar la atención de las canciones.
Retomando la actuación, ‘Time for Justice, ‘Burning the Witches’ y ‘Fight for Rock’ continuaron contribuyendo a que la respuesta del público aumentara en intensidad. Durante el tramo formado por ‘Raise Your Fist in the Air’ y ‘Warriors of the Sea’ llegó otro de los momentos más reconocibles de la noche. Doro apareció portando una bandera de España, recibida con una sonora ovación. Es un gesto habitual en el rock y el heavy metal, aunque no deja de constituir una pequeña apuesta por las distintas sensibilidades que puede despertar. En Burgos funcionó exactamente como ella esperaba: el público respondió con entusiasmo y la escena terminó de sellar una conexión que ya parecía absoluta.
No hacía falta introducir ninguna lectura política. Fue, sencillamente, un gesto de cercanía hacia el país anfitrión. ‘Für immer’ aportó uno de los pasajes más emotivos de la noche. Es una de esas canciones que hace tiempo dejaron de pertenecer exclusivamente a quien las compuso para pasar a formar parte de la memoria sentimental de varias generaciones. ‘Fire in the Sky’ devolvió la intensidad y ‘Metal Racer’ recordó la extraordinaria vigencia de unas composiciones escritas hace cuatro décadas.

El repertorio descansó mayoritariamente sobre los clásicos de Warlock y las primeras etapas de la trayectoria de Doro, aunque no ignoró completamente el presente. ‘Time for Justice’ y ‘Fire in the Sky’ pertenecen a Conqueress – Forever Strong and Proud, mientras que ‘Warriors of the Sea’ representa una etapa todavía más reciente.
Es una elección perfectamente comprensible en un festival como el Zurbarán Rock. Al fin y al cabo, estos eventos también son celebraciones colectivas de la memoria: el público quiere reencontrarse con las canciones que lo han acompañado durante años y compartirlas con miles de personas. Desde ese punto de vista, la nostalgia continúa siendo una apuesta prácticamente infalible.
Desde una perspectiva personal, siempre queda la curiosidad por comprobar cómo respondería el público ante una presencia todavía mayor del material reciente. Ojalá Doro continúe publicando canciones capaces de reclamar su espacio junto a esos himnos inmortales. Quizá en sus giras propias se permita establecer un equilibrio diferente. En un festival, sin embargo, resulta difícil discutir la efectividad de una colección de clásicos como la que presentó en Burgos. No deja de ser significativo que una artista con más de cuarenta años de trayectoria siga sosteniendo buena parte de sus conciertos sobre canciones compuestas durante los ochenta. Quizá eso hable tanto de la extraordinaria calidad de aquel material como de la dificultad de competir contra él.
El único momento realmente discutible llegó con el larguísimo solo de batería de Johnny Dee. Técnicamente estuvo ejecutado con solvencia y seguramente permitió que Doro descansara unos minutos, pero acabó prolongándose más de la cuenta y rompió ligeramente el ritmo de una actuación que hasta entonces había mantenido una dinámica prácticamente perfecta. No llegó a empañar el resultado, aunque sí fue uno de esos pasajes en los que uno no puede evitar pensar que habría preferido escuchar una canción más. Un repertorio con semejante fondo de armario no necesitaba rellenar un solo segundo.
La banda recuperó inmediatamente la intensidad con ‘Hellbound’ y ‘Revenge’. Para entonces, la sensación general era la de estar contemplando a alguien que lleva toda la vida haciendo esto y que continúa disfrutándolo como el primer día. Vocalmente, Doro se mantuvo sólida durante toda la noche. Puede que los años hayan aportado nuevos matices a su voz, pero conserva el carácter, la fuerza y esa inconfundible aspereza que convierte cada interpretación en algo inmediatamente reconocible. Más importante todavía fue comprobar que no se reserva nada: canta, se mueve, anima, agradece y se implica como si cada actuación continuara siendo decisiva.
No hubo poses de diva ni distancia con el público. Hubo sonrisas, agradecimientos constantes y una entrega total. Incluso en los momentos más ceremoniales permaneció cercana, como si todavía le sorprendiera que miles de personas coreasen su nombre. Doro no parece representar un personaje sobre el escenario. La persona y la artista parecen ser exactamente la misma. Durante el concierto hubo además referencias y pequeños homenajes a otros gigantes del género. Aparecieron nombres como Iron Maiden (en el solo de batería) y Metallica. Hay algo especialmente hermoso en contemplar a una leyenda rindiendo tributo a otras leyendas. Doro celebra la historia del heavy metal con la admiración de una seguidora más, aunque lleve décadas formando parte de esa misma historia.
Sigue mirando hacia figuras como Rob Halford con un respeto casi reverencial cuando, probablemente, hace mucho tiempo que ella también debería ocupar ese pedestal. La recta final fue incontestable. ‘All We Are’ convirtió el recinto en un gigantesco coro y volvió a demostrar por qué sigue siendo uno de los grandes himnos del heavy metal europeo. Miles de gargantas acompañaron un estribillo que hace tiempo trascendió la categoría de simple canción para convertirse en una declaración de principios. Después llegó ‘True as Steel’, prolongando la celebración antes del cierre definitivo con ‘Breaking the Law’.
Que nadie me malinterprete: pocas voces admiten comparación con la interpretación original de Rob Halford, una figura prácticamente divina dentro del género. Sin embargo, escuchar la canción en la voz de Doro tiene algo especial. Quizá sea porque estamos viendo a una leyenda homenajeando a otra. Quizá porque su timbre aporta una personalidad diferente a un clásico inmortal. O quizá porque resulta imposible no sonreír contemplando a la reina del metal celebrar la obra del Metal God.
Mientras sonaban sus últimos compases, no pude evitar pensar en la enorme paradoja que representa Doro. Ahí estaba, homenajeando a Judas Priest, y haciendo referencias a Maiden y Metallica y celebrando la historia del heavy metal como si fuera una invitada más. Y, sin embargo, lleva décadas formando parte de ella. No debería pasar demasiado tiempo antes de que otras bandas suban a un escenario para interpretar sus canciones y devolverle una pequeña parte de todo lo que ella ha aportado al género. Porque, si Halford, Dickinson o Hetfield son historia viva, Doro también lo es.

La alemana abandonó el escenario entre una ovación ensordecedora y con la sensación de haber firmado uno de esos conciertos que justifican por sí solos la asistencia a un festival. Puede que otras bandas sorprendieran más, que algunas fueran técnicamente superiores o que presentaran propuestas más actuales. Pero ninguna combinó mejor carisma, calidez humana, humildad, entrega y capacidad para conectar con el público.
Lo de Doro merece ser recordada como una de las grandes actuaciones celebradas en las nueve ediciones del Zurbarán Rock. No solo por las canciones ni por la espectacularidad de las llamaradas. Sobre todo, por la sensación de haber compartido un rato con alguien que lleva más de cuarenta años entregando su vida al heavy metal y que, cuando mira al público y dice ‘os quiero mucho’, consigue que te lo creas. Porque sí, Doro Pesch continúa siendo la Reina del Metal. Y después de verla en Burgos, resulta difícil imaginar a alguien más apropiado para llevar esa corona. Y eso, al final, también es heavy metal.
Bullet y el penúltimo disparo de la noche
Después de la intensidad y la solemnidad de Doro, Bullet tenía ante sí una tarea nada sencilla: mantener encendida la noche cuando el cansancio ya comenzaba a pasar factura. Una pequeña parte del público optó por abandonar el recinto, agotada tras una jornada especialmente exigente, aunque frente al escenario todavía se congregaba una audiencia considerable, con numerosos seguidores decididos a aprovechar hasta el final la programación del festival.

Los suecos no tardaron en despejar cualquier duda. Desde que atacaron ‘Kickstarter’, recurrieron a las armas que mejor dominan: riffs afilados, velocidad, melodías directas y un heavy metal de corte clásico ejecutado con entusiasmo y sin concesiones. La propuesta de Bullet se alimenta de un potente hard rock con esteroides metálicos, que se vio muy beneficiado del sonido de directo. Sobre el escenario, sus canciones lucieron otra dimensión gracias también a una actitud desenfadada, callejera y macarra. El grupo apareció dispuesto a divertirse y terminó contagiando su energía incluso a quienes ya notábamos con claridad el desgaste del fin de semana.

Buena parte del éxito de la actuación estuvo en la conexión entre los cinco músicos. Las sonrisas, los gestos cómplices y las coreografías espontáneas fueron constantes, dejando claro que la banda estaba disfrutando de cada minuto. Dag Hell Hofer asumió el protagonismo natural con su reconocible voz áspera y chillona, aunque el concierto nunca giró exclusivamente a su alrededor. Bullet funcionó como un bloque compacto, con todos sus integrantes empujando al mismo tiempo y celebrando cada canción junto al público.
El repertorio avanzó sin pausas innecesarias. ‘Spitfire’, ‘Stay Wild’, ‘Turn It Up Loud’, ‘Chained by Metal’ y ‘Dusk Til Dawn’ se sucedieron manteniendo el pulso y la intensidad. No hubo espacio para grandes montajes escénicos. La banda solo necesitó aumentar el volumen, encadenar riffs y transformar cada estribillo en una llamada a levantar los puños y sacudir la cabeza, sin importar cuánto se hubiera alargado ya la jornada.

El tramo definitivo terminó de asegurar la victoria. ‘Speed and Attack’ y ‘Bang Your Head’ prepararon el terreno para ‘Bite the Bullet’, el cierre imprescindible de sus conciertos. Durante esta última, los músicos repitieron uno de sus gestos más característicos al girar los instrumentos para formar el título de la canción, rematando una descarga vibrante, entretenida y completamente coherente con su manera de entender el heavy metal.
Bullet había cumplido con creces su misión: impedir que la noche perdiera fuerza y ofrecer uno de esos conciertos capaces de reactivar a una audiencia exhausta. Sin embargo, para nosotros fue el último cartucho. Después de dos jornadas prácticamente ininterrumpidas entre escenarios, cámaras y actuaciones, el cuerpo terminó imponiendo sus límites.

El cansancio y otras cuestiones logísticas, como tener el hotel a más de una hora del festival (¡gracias, amigo Raúl!), nos obligó a abandonar el recinto y a perdernos, muy a nuestro pesar, la actuación de Vindicta, responsables de cerrar definitivamente el Zurbarán Rock. No fue la despedida que habríamos deseado, pero sí la consecuencia inevitable de un fin de semana vivido al máximo y casi sin descanso.

Nos marchamos agotados, aunque con la satisfacción de haber formado parte de otro capítulo memorable del festival y con la mirada puesta ya en su X Edición, una cifra redonda que servirá para celebrar una década de pasión, resistencia y compromiso inquebrantable con el heavy metal.
Texto y fotos: Dr. Reifstein
METALEGUN.COM




