Artista: MASTERPLAN
Álbum: Metalmorphosis
Fecha de lanzamiento: 26 de junio de 2026
Sello: Frontiers Music Srl
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Masterplan – Metalmorphosis: mutar mirando al retrovisor
Trece años después, Masterplan vuelven con un disco que promete metamorfosis, pero entrega algo distinto: una reafirmación en clave de retrovisor. Metalmorphosis no revoluciona la fórmula ni devuelve intacta la electricidad de 2003, pero sí ofrece un álbum sólido, disfrutable y con momentos lo bastante inspirados como para justificar una escucha sin prejuicios. Su mayor recompensa llega, precisamente, cuando dejamos de exigirle una revolución y empezamos a escucharlo como lo que es.
Hablar de Masterplan nunca ha sido del todo sencillo, porque la banda lleva años conviviendo con dos sombras difíciles de esquivar. La primera es evidente: el pasado de Roland Grapow en Helloween, esa calabaza gigantesca que asoma incluso cuando uno intenta no mirarla. La segunda, quizá más importante para lo que nos ocupa, es su propio debut. Aquel Masterplan de 2003 (ojo, aunque yo soy de los que piensa que su sucesor, Aeronautics, fue incluso mejor) con el que parecían llamados a comerse el mundo y que, más de dos décadas después, sigue ocupando buena parte del imaginario (y de los setlists) del grupo.
Así que hagamos un trato desde el principio y dejemos a Helloween fuera de la sala todo lo posible. Bastante tiene Metalmorphosis con enfrentarse a la historia de Masterplan como para estar todo el rato mirando hacia Hamburgo (más bien Tenerife). Otra cosa es comparar este nuevo álbum con aquel primer golpe sobre la mesa, porque ahí la referencia no solo es inevitable, sino necesaria. Si una banda sigue apoyando buena parte de su directo en su debut, es lógico preguntarse hasta qué punto su presente dialoga, depende o se rebela contra él. Spoiler: depende, y mucho.
El álbum, además, llega con media anatomía ya expuesta. La banda ha ido dejando un rastro generoso de migas metálicas en forma de cuatro adelantos oficiales (con tres vídeos musicales, uno de ellos, ojo, de más de ocho minutos) y una ‘Rise Again’ que no nace exactamente aquí, sino que regresa en versión remozada como ‘Album version’ desde su lanzamiento como primer single, allá por 2024. Dicho de otro modo, cuando por fin se abre la crisálida, ya le habíamos visto bastantes escamas al ‘bicho’.
Pero también hay buenas noticias. Metalmorphosis no contiene relleno evidente. Todo es material de calidad, coherente con la trayectoria de Masterplan y construido por una banda que sabe perfectamente dónde pisa, qué legado carga a la espalda y hasta dónde puede estirar la fórmula sin romperla. Ahora bien, también tiene potencial para decepcionar, precisamente porque juega con una palabra peligrosa: cambio. Si uno se acerca esperando una revolución, una sacudida capaz de devolver la ilusión fundacional de 2003 o algo realmente rompedor tras trece años de silencio, probablemente saldrá con la sensación de haber recibido menos de lo prometido. Hay incluso cierto aroma a oportunidad perdida, casi a publicidad engañosa, no porque el disco falle (es más sólido, inspirado y convincente que Novum Initium), sino porque la metamorfosis anunciada no termina de producirse con la contundencia que su título sugiere.
Y ahí conviene ser justos, Metalmorphosis no es un mal álbum. Ni de lejos. De hecho, mejora mucho con las escuchas. Pero hay que quererlo un poco. Hay que aceptar que su valor no está en revolucionar la historia de Masterplan, sino en ordenar mejor sus piezas, mirar al pasado sin quedarse completamente atrapado en él y dejar algún destello de futuro entre tanta memoria. Quizá el problema aquel comienzo fulgurante, tan brillante como difícil de sostener. No hay tanta “morphosis” como promete el título, pero sí mucho ‘metal‘, y de excelente calidad. Y eso, viniendo de donde venían, ya es una noticia muy positiva. Así que, si veis críticas negativas, sed comprensivos. Sería una pena que el disco quedara sepultado por expectativas mal calibradas o por impresiones que quizá no hayan profundizado lo suficiente como para ofrecer una perspectiva ecuánime y bien cimentada.
En lo técnico, poco hay que discutir sobre los músicos que forman esta encarnación de Masterplan. Respecto a Novum Initium, la banda mantiene buena parte del bloque, Rick Altzi, Roland Grapow, Jari Kainulainen y Axel Mackenrott, con Kevin Kott ocupando ahora la batería que entonces correspondía a Martin “Marthus” Škaroupka. Ese cambio tampoco resulta difícil de entender, ya que compaginar Masterplan con Cradle of Filth debía de ser logísticamente complicado y estilísticamente casi esquizofrénico.
La base rítmica funciona con una solvencia incuestionable. Kainulainen no tiene nada que demostrar a estas alturas: trayectoria, bagaje y calidad le sobran, y ha sabido ocupar con personalidad el espacio que dejó Jan S. Eckert, bajista fundacional de peso y cuyo bajo en forma de raspa de sardina seguimos echando de menos. A su lado, Kevin Kott brilla en varios momentos del disco, aportando empuje, pegada y una energía que ayuda a que Metalmorphosis suene más asentado que su predecesor. También merece mención Axel Mackenrott, miembro desde la primera etapa junto a Grapow y parte esencial de la personalidad de la banda. En una época en la que tantas bandas tiran de teclados pregrabados, se agradece que aquí siga habiendo un teclista real en la ecuación. Sus líneas no son un adorno, ya que saben aportar ese toque melódico, moderno y reconocible que distingue a la banda. De hecho, quizá la forma en que suenan e irrumpen los teclados sea uno de los aspectos menos ‘metalmorfoseados’ del álbum, y uno de los puentes más claros hacia sus primeros años.
Entro en una de mis dos pegas principales, y es que no se si de forma subjetiva, pero debo reconocer que el registro de Rick Altzi no termina de entrarme del todo. Es un gran vocalista, pero algunos matices de su interpretación y el tratamiento que recibe su voz en la producción no acaban de convencerme por completo. Me costó varias escuchas acostumbrarme a esa aspereza. Si no te ocurre lo mismo es una buena noticia, ya que probablemente el viaje te resulte más satisfactorio. En cambio, cuando la guitarra de Grapow asoma, lo hace a lo grande. Firma momentos solistas de enorme nivel, pero lo más interesante no es solo cuánto brilla, sino cómo dosifica su protagonismo, apareciendo cuando toca y ejerciendo como líder natural sin convertir Masterplan en un proyecto personalista. Saber brillar y que ‘no se note’ no está al alcance de cualquiera.
Hablaba de dos pegas, y aquí viene la segunda, que además viene de muy atrás: la sombra compositiva de Uli Kusch sigue siendo alargada. No es que Masterplan se hayan quedado huérfanos de buenas ideas; Grapow conserva intacto ese instinto melódico capaz de convertir casi cualquier riff en material noble. Pero aquella sociedad creativa entre Grapow y Kusch tenía una química especial, una forma de elevar las canciones por encima de la mera suma de talentos. Permítanme la analogía de laboratorio, que para algo quien firma responde al nada sospechoso nombre de Dr. Reifstein. Hay mezclas que, sobre el papel, parecen sencillas. Varios componentes, la proporción adecuada y una temperatura concreta. Pero cuando la reacción funciona, aquello deja de ser una suma de elementos y se convierte en algo nuevo, poderoso y difícil de replicar. Eso fue el primer Masterplan: una combustión casi perfecta entre voz, guitarra, melodía y arquitectura compositiva. El problema llega cuando retiras uno de esos reactivos esenciales. La mezcla puede seguir siendo noble, conservar propiedades interesantes e incluso dar resultados de calidad, como sucede en buena parte de Metalmorphosis, pero ya no prende igual. Había vida más allá de Jorn Lande (a mí, de hecho, Mike DiMeo me pareció una elección muy disfrutable), pero sigo echando de menos el cerebro de Kusch y su capacidad para convertir cada canción en una declaración de personalidad, técnica, feeling y contundencia.
Por eso pienso que Metalmorphosis no juega en aquella liga fundacional, como tampoco lo hace casi nada de lo que vino después de Aeronautics, aunque sí demuestra que la banda aún sabe mirar hacia ese legado sin quedar ‘asfixiada’ por él. La fórmula ha cambiado, los componentes ya no son exactamente los mismos y la reacción no alcanza aquella luminosidad de los primeros experimentos. Pero el laboratorio se ha reabierto trece años después, y Grapow aún conserva buena parte de la receta. Desde luego, con canciones como ‘Shadow Man’, uno empieza a pensar que todavía quedan compuestos interesantes por sintetizar.
Con todo esto en mente, lo más justo es entrar en el disco tal y como se despliega, no como una revolución, sino como una sucesión de canciones que van midiendo, tema a tema, cuánto hay de mirada al pasado y cuánto de posible futuro en esta nueva etapa de Masterplan.
‘Chase the Light’, primer adelanto y apertura del álbum, es el tipo de canción que uno podía esperar de Masterplan, aunque quizá no tras trece años de silencio y con el hype alto. Eso sí, es reconocible, luminosa, directa y construida con todos los códigos habituales de la banda. No falla, pero tampoco sorprende demasiado. Para ser la primera canción del primer lanzamiento en más de una década, quizá se esperaba algo más. El arranque, eso sí, tiene gancho. La batería entra con un aire casi marcial que remite inevitablemente a cierto espíritu ‘Rising Force’ de Malmsteen (y que volverá a ser utilizado en la memorable parte instrumental), mientras los teclados, totalmente reconocibles dentro del lenguaje de Masterplan, van preparando el terreno hasta que la guitarra termina de completar el cuadro. Es una entrada eficaz, con personalidad suficiente para levantar la ceja.
Sin embargo, una vez desplegado el tema, la línea vocal se mueve por terrenos bastante convencionales. El estribillo es correcto, pero cuesta cogerlo y no termina de convertirse en esa declaración de intenciones incontestable que uno querría encontrar en una posición tan delicada. De nuevo, el problema son las expectativas, ya que ‘Chase the Light’ es un buen tema de Masterplan, pero le penaliza ocupar el lugar más importante del disco. Como carta de presentación funciona, pero como gran regreso se queda corto. Quizás lo mejor es que como presentación de los músicos resulta efectiva, porque todos destacan y se lucen. Sí, hasta Altzi nos regala unos agudos finales contundentes y muy bien introducidos.
‘Electric Nights’ funciona mejor precisamente porque no carga con la responsabilidad de abrir el disco. Mantiene el pulso alto, aunque con un punto menos de urgencia power metalera que ‘Chase the Light’, y lo compensa con una mayor inmediatez y un estribillo bastante más eficaz. Musicalmente mira mucho al primer Masterplan, y de hecho, provoca cierto déjà vu con ‘Heroes’, especialmente en ese riff principal arropado por los teclados, aunque no estemos hablando de temas clavados ni de una cita directa. Es más bien un eco familiar, una forma de activar la memoria del oyente sin caer en el autoplagio. La parte instrumental funciona fenomenal y confirma que Grapow se ha lucido en este disco.
No solo por los solos, sino por la manera de hacer que sus guitarras dialoguen con los teclados sin perder nunca el pulso de canción. No será uno de los cortes más profundos del álbum, pero sí uno de los más agradecidos: levanta la energía y recuerda que, antes que cualquier promesa de metamorfosis, aquí sigue habiendo una banda de heavy metal clásico haciendo lo que sabe hacer.
Y entonces llega ‘Shadow Man’, probablemente el gran momento de Metalmorphosis. No solo es uno de los cortes más inspirados del álbum, sino también el que mejor justifica la idea de transformación que promete el título. Si el disco contiene una verdadera mutación, está aquí: en una canción más ambiciosa, más imprevisible y quizá la más progresiva del conjunto, no por alargar minutaje ni perderse en exhibiciones, sino por la forma en que sus partes van cambiando de piel sin romper nunca la cohesión. Tiene algo de power ballad, en sus primeros compases, pero engaña. A la vez genera una atmósfera inquietante, casi cinematográfica, que la separa del resto del álbum. La banda juega con sombras reales, tensión, cambios de ritmo, aceleraciones, giros, riffs enormes y una sensación constante de que el tema puede romper en cualquier dirección (como hace en la parte instrumental) sin perder jamás el control. La cosa se dispara con un estribillo inspirado, pegadizo y con mucha melodía. También resulta significativo que la banda la esté llevando al directo. ‘Shadow Man’ no suena a corte nuevo colocado por compromiso, sino a declaración de intenciones. Es un pequeño laboratorio sonoro donde las piezas cambian de forma sin perder identidad, y donde Masterplan demuestra que todavía puede sonar reconocible sin limitarse a repetir patrones ya conocidos. Ojalá sea la piedra angular sobre la que construyan sus siguientes pasos: aquí no huele a nostalgia, sino a futuro muy prometedor.
‘Bound to Fall’ vuelve a recordar mucho al primer Masterplan, y ahí está tanto su principal virtud como su pequeño defecto. Virtud, porque la canción funciona de maravilla dentro de ese lenguaje. Es un medio tiempo intenso de avance firme, línea vocal insistente y un estribillo muy de la escuela de la banda. Defecto, porque es el cuarto tema y, después de las buenas sensaciones del anterior, vuelve a reforzar la sensación de que Metalmorphosis sigue encontrando buena parte de su fuerza en mirar hacia aquel primer golpe sobre la mesa. Dicho esto, el tema no tiene desperdicio. Hay algo en su combinación de melodía clásica, peso guitarrero y aire majestuoso pasado por un filtro más heavy y moderno que encaja muy bien con el lenguaje de Grapow. Es pasado, sí, pero pasado bien trabajado.
‘Pain of Yesterday’ (y uno no puede evitar preguntarse si lo que duele de verdad es ese pasado glorioso con el que Masterplan llevan conviviendo desde el principio) arranca con una introducción arabesca con sitar muy del gusto de Grapow. El detalle tiene más recorrido del que parece, ya que aparecía en ‘The Four Seasons of Life’, tema homónimo de su primer disco en solitario, y volvía a asomar en ‘Kaleidoscope’, también pieza titular de su segundo álbum. A estas alturas, casi podríamos hablar de una pequeña marca de la casa: cuando Grapow abre la ventana al bazar, conviene prestar atención. La entrada destaca muchísimo y promete una excursión más exótica de lo que finalmente termina siendo el tema, porque una vez superado ese primer impacto, la composición se integra bastante en el tono general del disco. Aun así, estamos ante un medio tiempo intenso, bien armado y quizá el corte que más mejora con las escuchas de todo Metalmorphosis. Ese aroma orientalizante no desaparece del todo, pero queda más como condimento que como plato principal. También vuelve a lucir la base rítmica. Bajo y batería no se limitan a sostener la canción desde el fondo, sino que permanecen siempre al acecho, dando cuerpo y tensión al conjunto. Kott empuja el corte con más personalidad de la que aparenta al principio, y los coros finales añaden una capa de dramatismo que termina elevando el resultado.
Llegados al tema título, conviene decir que nos hemos contenido hasta aquí para no hacer demasiado pronto la broma: en España, Metalmorphosis ya tenía cierta resonancia ‘baronrojera‘. Las metamorfosis metálicas, por lo visto, también tienen historial patrio. Pero más allá del guiño, toda canción con el nombre del disco que la lleva tiene una responsabilidad. De manera casi inconsciente, uno espera que el tema homónimo sea una declaración de intenciones, un golpe sobre la mesa, algo que justifique el rótulo en letras grandes. Y aquí no termina de llegar (ni tampoco el sitar de marras). Hay que reconocerle ambición. El tema quiere avanzar con ímpetu y apoyarse en arreglos, coros y cambios de intensidad para ganar empaque. En algunos momentos lo consigue, especialmente cuando los apoyos vocales levantan una composición que parecía pedir justamente ese plus de dramatismo. Pero el estribillo entra demasiado pronto y pasa algo inadvertido. No es un mal corte, ni mucho menos, pero quizá sí uno de los menos inspirados del álbum. Cumple, aporta variedad y vuelve a dejar algún buen detalle instrumental, con Grapow dosificando su presencia y elevando el tema sin convertirlo en una exhibición innecesaria.
‘Through the Storm’ entra con un sencillo motivo de teclado y desemboca en un tema abiertamente rápido, algo que se agradece a estas alturas del disco. Vuelve a mirar al primer Masterplan, lo que le da una familiaridad inmediata que aquí funciona a las mil maravillas. Es puro heavy metal de pura sangre, con pegada, melodía, velocidad y ese punto de power metal elegante que siempre ha formado parte del ADN del grupo. No enseña nada especialmente nuevo ni pretende descubrir territorios inexplorados, pero lo que entrega lo hace con convicción. Quizá por eso habría funcionado incluso mejor como apertura del álbum que ‘Chase the Light’. Es un tema con energía, familiaridad y un estribillo más directo. Tampoco sorprende que ya haya encontrado sitio en el setlist. En directo tiene todo lo necesario para funcionar: entra rápido, levanta el pulso y presenta con eficacia la cara más reconocible de Metalmorphosis. Además, contiene un detalle delicioso en esos solos con guitarras dobladas, un guiño clarísimo al árbol genealógico compartido del que viene parte del lenguaje de Grapow, pero sin necesidad de ponerle nombre y apellidos. Es uno de esos cortes que no reinventan nada, pero recuerdan muy bien de dónde viene todo.
‘Ghostlight’ baja ligeramente las revoluciones sin perder presencia, y eso le sienta bien al tramo final del disco. No estamos ante una balada ni ante un respiro blando, sino ante un medio tiempo metálico construido con seguridad, sin prisas y con esa confianza de quien no necesita correr para sonar convincente. La canción no busca el impacto inmediato de un cañonazo, sino asentarse poco a poco. Tiene peso, melodía y un estribillo que quizá no entra a la primera, pero termina siendo de los mejores del álbum, impulsado por un Altzi que aquí sí encuentra su lugar. No es el corte más espectacular de Metalmorphosis pero cumple la importante función de dar solidez al conjunto y dejar respirar la propuesta entre temas más evidentes. No todo disco necesita estar formado por golpes de efecto. También hacen falta canciones que sostengan el edificio sin llamar la atención a gritos, y ‘Ghostlight’ lo hace con solvencia. Está claro que Masterplan se mueven muy cómodos en los medios tiempos cuando tienen una melodía suficientemente trabajada entre manos.
‘The Call’, último adelanto antes del lanzamiento, llega con vocación de pieza grande a base de más de ocho minutos, presencia vocal del propio Roland Grapow y un videoclip bastante curioso que respeta todo su metraje. Solo por eso ya resulta una apuesta poco habitual en tiempos de consumo rápido y canciones diseñadas para no molestar demasiado al dedo que desliza. También es, probablemente, el corte más divisivo del álbum. Tiene buenos momentos, intención y una voluntad clara de salirse del molde más compacto de Metalmorphosis, pero su minutaje no siempre juega a su favor. Hay canciones largas que crecen porque la propia composición lo exige. Este tema, da la sensación de que tenía que ser la pieza larga del disco. Su cierre, con esa voz femenina de aire casi tradicional, aporta un matiz inesperado y le da cierta personalidad, pero no termina de cambiar la impresión general. ‘The Call’ merece respeto por ambición y por no conformarse con cubrir expediente, pero también es, en mi opinión, el tema que más lastra el conjunto: una apuesta interesante, incluso entrañable en su empeño, aunque no una de las canciones verdaderamente memorables de Metalmorphosis.
‘Rise Again’ cierra el álbum con heavy metal clásico, melódico, optimista y de vieja escuela, con todo aquello que hace atractivo al género cuando se ejecuta con convicción. No hay grandes experimentos ni voluntad de romper moldes. Hay melodía, empuje y una sensación clara de cierre contundente y luminoso, muy apta para el directo por su groove saltable y entusiasta. El hecho de que ya conociéramos una versión previa le resta algo de impacto dentro del álbum, porque no llega exactamente como una sorpresa final. Aun así, funciona bien como despedida. Después de los medios tiempos, los guiños al pasado y el intento expansivo de ‘The Call’ y ‘Rise Again’ devuelve al oyente a un terreno directo y familiar, casi como si la banda quisiera cerrar el círculo recordando que, por mucho que el envoltorio haya cambiado, el corazón metálico sigue intacto. Como pieza final quizá no sea un golpe maestro, pero sí una elección lógica. Tiene ese punto de himno de resistencia, de levantarse otra vez, que conecta bien con la propia situación de Masterplan: una banda que ha convivido con cambios, comparaciones, ausencias importantes y expectativas demasiado altas desde el principio, pero que sigue aquí reivindicando su espacio. En ese sentido, ‘Rise Again’ cierra el disco y nos recuerda que, en Masterplan, ‘el espíritu nunca muere’ (guiño, guiño).
Metalmorphosis no es una obra maestra ni parece empeñado en serlo. Tampoco tiene la electricidad fundacional de aquellos primeros años, cuando Masterplan sonaban a banda llamada a comerse el mundo. Pero sería injusto medirlo solo contra ese recuerdo. El disco mira hacia atrás, sí, y lo hace mucho, pero no vive únicamente de las rentas. Tiene canciones, tiene pulso y tiene momentos en los que la banda demuestra que aún sabe defender su nombre con argumentos propios.
Quizá por eso esta crítica esté pensada, en el fondo, para bajar un poco el volumen del hype y ajustar mejor la escucha. Después de trece años de espera y con un título que promete transformación, era legítimo esperar algo más rompedor. Metalmorphosis no entrega esa revolución, y quien llegue buscando solo eso puede quedarse en la decepción inicial. Pero sería una pena que el disco quedara sepultado por expectativas mal calibradas, impresiones apresuradas (propias o ajenas) o por la comparación automática con un pasado que, sencillamente, ya no puede repetirse.
Porque cuando se escucha con algo más de calma, el álbum crece. Es más sólido, inspirado y convincente que Novum Initium, mantiene un nivel medio alto y deja algunos destellos, especialmente ‘Shadow Man’, que apuntan a una vía de futuro más interesante que la simple administración del legado.
Masterplan vuelven a sonar como una banda con algo que decir. La esperanza es que este disco sea punto de apoyo y no punto de llegada, y que esa transformación apenas insinuada termine de materializarse en lo próximo que hagan. Porque Metalmorphosis deja la sensación de que Masterplan todavía tienen canciones, identidad y motivos para seguir esperando grandes cosas de ellos.
Texto: Dr. Reifstein



