RAGE + WASTELAND CLAN + ROOK ROAD
20 de Marzo de 2026 – Sala Revi Live – Madrid
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EL PODER DE TRES
Aunque la visita de Rage suele ser sinónimo de garantía, lo cierto es que quizá no estábamos del todo preparados para lo que terminó sucediendo aquella noche en Madrid. Acompañados por dos propuestas a priori menos conocidas como Wasteland Clan y Rook Road, se volvió a confirmar una idea que conviene no olvidar: los teloneros no están ahí para cumplir expediente, sino para sumar… y en este caso, lo hicieron de forma más que notable. Y a mi me gusta corresponder dedicándoles el espacio que se merecen, así que se viene crónica extensa.
Lo primero que hay que destacar es la inteligencia del planteamiento. Lejos de repetir fórmulas o apostar por propuestas similares, cada banda se movía en un terreno estilístico completamente distinto. Tres universos que, en lugar de chocar, terminaron encajando con naturalidad, dando forma a una velada dinámica, variada y, sobre todo, tremendamente disfrutable de principio a fin.

WASTELAND CLAN: Apocalipsis madmaxiano
Los primeros en saltar a escena fueron Wasteland Clan, que se presentaron con una propuesta tan visual como contundente. Su estética postapocalíptica, casi cinematográfica, no era un simple adorno: formaba parte esencial de un show que, desde el primer momento, dejó claro que no venían a cumplir expediente. Uniformes, actitud marcial y una ambientación que por momentos evocaba ese imaginario tipo Mad Max construían una identidad muy definida.

No quiero ni pensar cómo sería un concierto suyo con una producción completa, ya que supieron sacar petróleo del espacio y tiempo disponibles. Y es que resulta increíble lo que se puede conseguir con una escenografía, con disfraces y maquillaje muy trabajados, y sobre todo con energía y actitud. Y eso que no lo tenían fácil. Abrían la noche, con una sala todavía a medio gas y ante un público que no era el suyo. Esa distancia inicial se percibió en los primeros compases, con cierta frialdad en la respuesta, pero también hizo más evidente el mérito de lo que vino después.
Liderados por la magnética Jessabell Blake, la banda desplegó una intensidad escénica notable, moviéndose entre pasajes agresivos, con presencia de voces guturales, y otros momentos más cercanos a un heavy metal con muy sutiles toques melódicos, por momentos emparentado con el carácter más directo de los Rage más primigenios, pero con personalidad propia. Eso sí, de ambas vertientes, la más convincente fue la agresiva, especialmente a nivel vocal, donde Jessabell se percibe claramente en su hábitat natural.

Ella concentraba gran parte del foco, pero en ningún momento dio la sensación de estar sola: la interacción constante entre los miembros proyectaba una imagen de grupo compacto, bien ensamblado y comprometido con lo que hacía. A su alrededor, el engranaje funcionaba con precisión. Las guitarras de Mashl J. Morningstar y Scorpion216 aportaban tanto el peso como el filo de los temas, mientras Stormrider al bajo y Smoky 616 a la batería sostenían una base rítmica sólida y constante. Más allá de las individualidades, lo que realmente destacaba era la compenetración entre todos ellos, reforzando esa sensación de bloque homogéneo que tan bien se trasladaba al directo. Y, desde luego, también fue clave la manera en la que supieron acercarse al público, mostrándose accesibles y generando una conexión progresiva que terminó por romper la distancia inicial.

El repertorio, además, no dejó lugar a dudas sobre sus intenciones: el setlist estuvo completamente centrado en su recién publicado A New Era, del que extrajeron los ocho temas interpretados, más ejecutados que simplemente tocados. Toda una declaración de intenciones sobre el camino que quieren seguir. Sin ser para nada malo, su sonido fue quizás el más flojo de la noche. Tampoco ayudó una iluminación bastante escasa a lo largo de toda la actuación, aunque en este caso jugaba a favor de esa atmósfera áspera y decadente que proponían, por lo que todo apunta a que se trataba de una decisión plenamente premeditada.
Aun así, hubo algo que sí consiguieron desde el principio: actitud. Entrega total, búsqueda constante de conexión con la sala y una presencia escénica que, pese a las limitaciones, logró dejar huella. Desde la inicial y homónima ‘Wasteland Clan’, fueron reduciendo la distancia con el público, que terminó entrando en el juego, respondiendo a los estribillos y dejándose arrastrar por la intensidad del directo.

Le siguió ‘Unleash The Demon’, de la que nos quedamos especialmente con su acelerón final, junto a ‘All for One’ y ‘Jekyll and Hyde’, donde la intensidad dominante dejó claro que la balanza se inclinaba claramente hacia su lado más salvaje (Hide). Hubo un primer intento de bajar pulsaciones con ‘Murderer‘, aunque fue poco más que un espejismo de menos de un minuto antes de volver a una dinámica igual de agresiva que en los temas anteriores. Y es que el setlist estaba claramente diseñado para no dar respiro y exprimir al máximo el tiempo disponible.
En la recta final, ‘Stronger Than Before’ y ‘Wasted‘ se movieron por terrenos más claramente heavies, antes de encarar el cierre con el que fuera su tema de adelanto. El broche llegó con el corte más coreable y saltable del repertorio, especialmente efectivo una vez superada su introducción instrumental.

En resumen, un concierto con mucha personalidad, con una banda capaz de ir ganándose a la audiencia poco a poco y de dejar claro que, con las condiciones adecuadas, Wasteland Clan pueden aspirar a mucho más. Sin duda, les seguiremos la pista.

ROOK ROAD: elegancia frente al caos
Rook Road apareció en escena sin artificios, sin saludo previo, simplemente ocupando sus posiciones y comenzando a tocar. La reacción del público, eso sí, distaba mucho de ser entusiasta: frío, contenido, casi como si muchos estuvieran ante un mero trámite previo a Rage, sin palmas ni apenas interacción. Desde los primeros compases de la inicial ‘Heart Of The Sea’, lo que quedó fuera de toda duda fue el altísimo nivel de su vocalista, Patrick Jost, cuya interpretación remitía inevitablemente a grandes nombres del género, con ecos que podían recordar a figuras como Coverdale. A su alrededor, la banda se movía con naturalidad, disfrutando del momento, con una actitud relajada pero segura.

Destacaba especialmente el protagonismo del Hammond a cargo de Hannes Luy, que desde el inicio dejaba claro el terreno en el que se mueve la banda, así como un juego de luces dinámico que aportaba profundidad a una propuesta, a priori, mucho más contenida que la anterior. Fue un comienzo elegante, tranquilo y sosegado.
Al finalizar el tema llegaron los primeros, todavía tímidos, aplausos. Patrick Jost tomó entonces la palabra para una breve presentación, con el ya clásico guiño al público local y ese elogio recurrente a la intensidad de las audiencias españolas, que siempre arranca alguna sonrisa cómplice. A continuación, el sonido de un gong dio paso a ‘World Of Betrayal’, que mantuvo la línea del tema anterior, reforzando ese ambiente reposado y elegante.

Con ‘Romeo‘, la banda buscó subir ligeramente la intensidad emocional, con un escenario teñido de rojo que parecía acompañar esa intención. Destacó especialmente el solo de teclado y la versatilidad vocal de Jost, que introdujo matices más rasgados que enriquecieron el tema y aportaron mayor dinamismo al conjunto. Llegó a continuación el momento balada con ‘Sometimes‘, en la que brilló especialmente el guitarrista Uwe Angel, con una estética sobria, completamente de negro, gafas de sol incluidas, y una actitud muy cercana a ese imaginario clásico que remite inevitablemente a su majestad Blackmore. Y no lo digo por decir, este tema fue quizás el más Rainbow de todo el repertorio.

Patrick Jost introdujo el siguiente tema como una especie de ‘cuento de hadas’, aunque rápidamente matizó, con cierta ironía, que no era precisamente para niños. Se trataba de ‘Killing The Giant’, un medio tiempo de manual en el que el apartado vocal brilló con luz propia, acompañado de una parte intermedia más relajada donde los coros del resto de la banda cobraron protagonismo. Fue también uno de los momentos donde más se evidenció la conexión entre guitarra y teclado, con Hannes Luy al Hammond llevando el peso con autoridad, reafirmando su papel central dentro del sonido del grupo.
El cierre del tema consistió en un muy breve pero efectivo solo de batería a cargo de Thomas Luther, enlazando sin pausa con ‘Falling‘, tema cuyo comienzo nos recordó a ‘Long Live Rock ’n’ Roll’. La reacción del público subió un peldaño, y comenzó a acompañar con palmas. Quedaban dos temas, y se percibía claramente cómo el volumen de los aplausos iba creciendo de forma progresiva, casi sin que uno se diera cuenta.

Antes del siguiente corte, Hannes Luy abandonó momentáneamente su posición tras el teclado para situarse en primera línea y animar a la audiencia a participar con palmas, demostrando que su rol iba mucho más allá del puramente musical. Ese espíritu se trasladó a ‘Sam Rogers’, tema de su álbum debut, que arrancó con una de las respuestas más entusiastas hasta el momento. El ‘bang, bang, bang’ del estribillo se convirtió en uno de los momentos más coreados de la noche.
Paradójicamente, fue también el punto en el que empezó a asomar cierta sensación agridulce: su crecimiento había sido constante pero muy progresivo, y daba la impresión de que justo cuando alcanzaban su punto álgido, el tiempo jugaba en su contra. La presentación del último tema llegó acompañada de un leve murmullo de desaprobación por parte del público, que claramente quería más.

Patrick Jost aprovechó para lanzar una pregunta con tono cómplice sobre si habían hecho un buen trabajo ‘calentando’ para Rage, una referencia que no fue casual. En ese momento apareció en escena Jean Bormann, guitarrista de la banda principal, sumándose al cierre del concierto. Tras un agradecimiento sincero que arrancó una nueva ovación, arrancó ‘Talk Too Much’.
La participación de Jean aquí fue más lúdica que técnica, destacando más por su actitud desenfadada, jugando con una especie de air guitar y sumándose a los coros, que por un papel protagonista a nivel vocal. En cualquier caso, su presencia aportó un toque cercano y simpático. El cierre dejó una imagen clara: un público completamente entregado, despidiendo a la banda con el ya clásico ‘oe, oe, oe, oeeeee’ (Peavy nos lo pediría después), en un ambiente festivo que confirmaba lo que había sido una evolución constante durante todo el set.

Puede que su propuesta fuera la más alejada estilísticamente de los cabezas de cartel, pero también quedó claro que bebe directamente de las raíces más puras del género. Y, al final, por muy heavies que seamos, todos tenemos algo de los setenta dentro. Y es que lo interesante de su actuación no fue tanto sorprender como convencer. Tema a tema fueron ganando terreno hasta conseguir que un público que no venía a verlos terminase prestándoles atención real. Muchos llegaron sin expectativas. Más de uno salió con una banda nueva en el radar (yo entre ellos). Y entonces, sí, llegó el momento de Rage.

RAGE: The great old one
Ahora entenderéis que lo del poder de tres iba por partida doble, más allá de la broma con cierta referencia ‘seriéfila’. Porque si algo define a Rage es precisamente eso: la capacidad de concentrar una cantidad absurda de música, técnica y personalidad en un formato mínimo. Un concepto que no es nuevo en su historia, (basta recordar aquella etapa junto a Victor Smolski y Mike Terrana), pero que sigue plenamente vigente en su encarnación actual. Y es que, salvo casos muy contados (me viene a la cabeza nuestro añorado Lemmy y sus Motörhead), no es habitual ver un trío que funcione con tanta naturalidad bajo esa lógica de ‘menos es más’, y lo vivido en la Revi Live no hizo sino confirmarlo.

Con puntualidad absoluta, Vassilios Maniatopoulos, Jean Bormann y un visiblemente renqueante Peavy Wagner tomaron el escenario para empezar a construir un concierto que, más que buscar sorprender, se apoyó en la solidez. En un grupo con el bagaje y la trayectoria de Rage, confeccionar un setlist capaz de contentar a todo el mundo es, sin duda, una tarea titánica. Sin embargo, en esta última gira parece que han dado con una tecla especialmente acertada, al menos desde una perspectiva personal.
No sé si es casualidad que, en los últimos tiempos, el peso de la etapa de Black in Mind haya vuelto a ser tan evidente en los repertorios. Me atrevería a decir que hay algo casi circular en todo ello, no solo por la relevancia indiscutible de aquel material, sino porque el propio ecosistema que rodea a la banda sigue reapareciendo de formas inesperadas.

Basta recordar que en el Iberian Tour 2023, el batería de Tri State Corner era nada menos que Chris Efthimiadis, responsable de buena parte de aquella etapa clásica de los noventa. De hecho, en Vigo llegó a subirse al escenario para interpretar un par de temas, probablemente también en otras fechas de la gira. Un detalle que, más allá de lo anecdótico, refuerza la idea de que Rage no es solo una banda con pasado, sino una entidad viva en la que sus distintas etapas siguen cruzándose de manera natural, permitiendo que discos clave recuperen protagonismo sin eclipsar el material más reciente.
En ese contexto, no sorprende que aquellos temas hayan ido ganando presencia en los últimos meses. De hecho, este mismo set ya empezó a tomar forma durante el verano, con primeras pruebas en escenarios como el de las fiestas de Fuenlabrada, en un conciertazo que os contamos aquí en Metalegun, y donde se pudo ver el germen de la estructura actual. Y es precisamente ahí donde se entiende mejor la lógica interna del repertorio: lejos de construirse alrededor de un único disco, el concierto se articula como un equilibrio muy medido entre etapas.

Black in Mind actúa como eje central, con varios de los momentos más reconocibles de la noche, mientras que el material más reciente se reparte evitando que el bloque contemporáneo se sienta monolítico. A su alrededor, una selección de clásicos dispersos de los noventa y primeros dos mil termina de dar forma a un recorrido que no busca representar una era concreta, sino trazar una línea continua dentro de la historia de la banda.
Además, se percibe una cierta rotación dentro de la propia gira que añade un punto extra de interés. No estamos ante un set completamente rígido: en Barcelona, por ejemplo, apareció la maravillosa ‘Great Old Ones’, representando a Soundchaser, mientras que en Fuenlabrada sí tuvo su espacio. Del mismo modo, ‘Back in Time’, de Ghosts, se materializó para el público bilbaíno. Son pequeños cambios, pero suficientes para romper esa sensación de previsibilidad absoluta que a veces acompaña a las giras más rodadas. Y es que se agradece, y mucho, no poder anticipar el cien por cien del repertorio.

Esa continuidad explica en gran medida la solidez del concierto en Madrid: no hay sensación de improvisación ni de reajuste sobre la marcha, sino de un repertorio ya asentado, trabajado en carretera y afinado a base de directo. Lo vivido en la Revi Live no hizo sino confirmarlo. Y es que, a pesar de los constantes cambios a lo largo de los años, la figura de Peavy Wagner sigue siendo el eje inamovible sobre el que todo gira. No solo como bajista y vocalista, sino como auténtico arquitecto de una banda que ha sabido sobrevivir y reinventarse a base de carácter, criterio y una fidelidad casi obstinada a su identidad.
A su lado, la maquinaria actual funciona con una precisión que asusta. No hay artificio, no hay exceso: solo tres músicos exprimiendo al máximo cada tema, cada riff y cada cambio de ritmo. Y ahí es donde conecta directamente con la idea inicial de la noche: tres bandas, tres propuestas, tres formas de entender el metal… y en la cúspide, Rage demostrando por qué siguen siendo una referencia.

Eso sí, siempre lo diré: nunca han gozado de un nivel de reconocimiento acorde a la calidad que atesoran. Y es que hay propuestas bastante más planas que sí tienen la capacidad de llenar recintos mucho más grandes. La Revi, que tampoco es precisamente una sala pequeña, presentó una muy buena entrada. La propia banda llegó a hablar de sold out, aunque me permito dudarlo, ya que en la zona del fondo, cerca de la barra, todavía había espacio suficiente. Probablemente una cuestión de aforo máximo permitido más que de asistencia real.
Entrando ya en materia, la intro de su material más reciente dio paso a un arranque trepidante con ‘Innovation‘ y ‘Under a Black Crown’, que sirvieron para marcar territorio desde el primer momento antes de entrar en una dinámica prácticamente imparable. A partir de ahí, el setlist se movió con inteligencia entre etapas, combinando material reciente como ‘Fire in Your Eyes’, ‘A New Land’ o ‘Freedom‘ con clásicos que siguen funcionando como un reloj.

Como comentaba antes, los cortes de Black in Mind terminaron de consolidar la conexión con el público: ‘Sent by the Devil’, ‘Shadow Out of Time’, ‘The Price of War’ o ‘Until I Die’ (no en este orden). A ellos se sumaron habituales como ‘Nevermore‘ o ‘Solitary Man‘, en un repertorio que, sin arriesgar en exceso, resultó tremendamente efectivo. Y eso sí, una de las mayores respuestas de la noche se la llevó la imponente ‘Days Of December’, perteneciente a XIII, otro de los puntos álgidos del vasto catálogo de Rage.
Peavy Wagner, más estático de lo habitual debido a sus evidentes molestias físicas, cumplió con solvencia a la voz, mientras que Jean Bormann asumió prácticamente todo el peso escénico, moviéndose sin descanso y buscando de forma constante la complicidad del público. Un auténtico todoterreno, combinando su papel como guitarrista con el de frontman improvisado, con un Peavy que, lejos de eclipsarlo, parecía agradecer ese apoyo. Aun así, tampoco necesitaba demasiado: ese gesto tan suyo de alzar los brazos era más que suficiente para encender a la audiencia. Carisma, cercanía y una conexión constante entre banda y público que terminó elevando el concierto a otro nivel.

Cuando todo parecía ya encarrilado, llegó el momento de la inevitable ‘Higher Than the Sky’ y con ella, el no menos previsible ritual compartido: manos en alto, coros masivos y esa sensación de comunión que solo se construye con los años. Sobre este instante, celebrado por la mayoría, siempre tiene que aparecer el aguafiestas de turno, en este caso quien escribe. Y es que, tras haberlo vivido unas cuantas veces, mi opinión, muy personal y probablemente poco popular, es que quizá ha llegado el momento de darle algo de rotación o incluso buscar otro tema que cumpla esa función de conexión con el público.
El tramo final, con ‘Freedom’, ‘Straight to Hell’ y ‘Don’t Fear the Winter’, no hizo sino reafirmar lo que ya era evidente: la banda sigue funcionando como un bloque sólido, incluso con un Peavy cada vez más limitado en lo físico. En resumen, lo vivido aquella noche en la Revi Live no fue un ejercicio de nostalgia ni un espectáculo diseñado para impresionar. Fue algo más simple y, precisamente por eso, más difícil de encontrar. Tres bandas, tres formas de entender el metal y un hilo conductor claro: la autenticidad.

Wasteland Clan aportó identidad, Rook Road elegancia y Rage algo que solo se consigue con el tiempo: oficio, consistencia y una conexión real con su público. Porque, al final, el verdadero poder de tres no estaba solo sobre el escenario, sino en la forma en la que cada pieza encajó para construir una noche que, sin necesidad de grandes artificios, terminó funcionando exactamente como debía.
Texto y Fotos: Dr. Reifstein



