Queremos comenzar esta crónica recordando que, en ESTE ENLACE, tenéis nuestras impresiones generales del festival. Un articulo amplio y trabajado por nuestro compañero Dr. Reifstein con todos los pormenores de esta gran cita del Metal en Burgos que en esta edición cumplía su noveno aniversario.
Dicho esto…

10 y 11 DE JULIO – ESPACIO EL PLANTIO – BURGOS
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La primera jornada del Zurbarán Rock 2026 arrancó con un cartel tan variado como ambicioso, combinando propuestas nacionales emergentes con algunos nombres sobradamente conocidos para cualquier aficionado al Heavy Metal. Aunque el cartel incluía nombres como Azrael, Fury y Savaged, la logística y la distancia desde Galicia hicieron que nos incorporáramos un pelín tarde (por lo que pedimos disculpas) y tan solo pudiéramos presenciar los instantes finales de la actuación de FURY, en los que pudimos ver a una banda volcada con un público que, si bien todavía no abarrotaba el festival, se lo pasó en grande.
El calor fue una constante durante toda la jornada, al igual que la sensación de un volumen excesivo en varios tramos del día. El fútbol también se coló en el ambiente: el España-Bélgica fue tema de conversación entre los asistentes y, en un momento de la noche, las pantallas del festival llegaron a mostrar imágenes relacionadas con el encuentro. En cualquier caso, no restó protagonismo a la música ni impidió que el recinto terminara completamente abarrotado.
Masters of Ceremony: Sashantasia
Había expectación en El Plantío incluso antes de que sonara la primera nota. Y no era para menos. Sobre el escenario coincidían nombres estrechamente vinculados a Avantasia como son Sascha Paeth, principal guitarrista, coproductor y uno de los grandes arquitectos del proyecto de Tobias Sammet; Adrienne Cowan, incorporada al elenco estable en los últimos años; y Felix Bohnke, batería habitual tanto en Avantasia como en Edguy.
A ellos se sumaban músicos de la talla de André Neygenfind, también en Avantasia como bajista y colaborador de nombres como Epica, Kamelot o Rhapsody of Fire, y Corvin Bahn a los teclados. El resultado fue una curiosa sensación de déjà vu para muchos asistentes. Durante unos cincuenta y cinco minutos, el Zurbarán Rock pareció transformarse en una pequeña embajada itinerante del metal melódico alemán.

Sin embargo, quedarse únicamente con esa lectura sería profundamente injusto, ya que antes de convertirse en la mano derecha de Tobias Sammet, Sascha Paeth ya era una institución. Su nombre aparece asociado a discos fundamentales de Kamelot, Rhapsody of Fire, Epica, Angra, Edguy, After Forever o Sha(a)man, entre muchos otros. Y, por supuesto, también al legado de Heaven’s Gate, banda con la que volveríamos a reencontrarnos apenas veinticuatro horas después en una de las historias más bonitas de todo el festival y que podéis leer mañana en la segunda parte de las crónicas de este estupendo ZURBARAN ROCK.
Había expectación a pesar de que, siendo honestos, Masters of Ceremony llevaba varios años dando la sensación de ser otro de esos proyectos paralelos condenados a permanecer en un discreto segundo plano. Su debut, Signs of Wings, apareció en 2019 y, desde entonces, las obligaciones de Paeth como productor y miembro de innumerables aventuras musicales parecían relegar a la banda a un papel secundario.
Pero las cosas cambian, y ahora da la impresión de que el alemán ha decidido abandonar, al menos parcialmente, ese cómodo papel de cerebro en la sombra para situarse definitivamente bajo los focos. Y si las sensaciones transmitidas en Burgos sirven de indicador, parece una decisión francamente acertada.
La banda abrió fuego con varias composiciones de su único trabajo hasta la fecha, dejando claro desde el principio que aquello no iba a ser un simple ejercicio de nostalgia. Temas como ‘The Time Has Come‘ o ‘Radar‘ mostraron una faceta especialmente poderosa y directa, apoyada en un sonido contundente y en una formación que parecía llevar muchos más años tocando junta de los que realmente acumula. La pegada fue indudable, aunque el volumen resultó por momentos excesivo.

No obstante, el concierto reservaba sorpresas, ya que parece ser que un segundo álbum ya se encuentra en preparación del que adelantaron dos composiciones inéditas que dejaron una impresión francamente positiva. Siempre es arriesgado presentar material nuevo en un festival, especialmente ante un público heterogéneo, pero ambas piezas parecieron encajar con absoluta naturalidad dentro del repertorio.
La segunda sorpresa, sin embargo, fue bastante más especial. Contra todo pronóstico, comenzaron a sonar las notas de ‘Symphony of Life‘. Para el aficionado ocasional pudo tratarse simplemente de una gran canción. Para quienes conocen la historia detrás del tema, aquello fue algo más cercano a un pequeño acontecimiento.
Incluida originalmente en Angel of Babylon, la composición ocupa un lugar muy particular dentro del catálogo de Avantasia. Escrita por el propio Sascha Paeth y posteriormente incorporada al universo de Tobias Sammet, nunca ha sido precisamente una de las canciones más reconocibles del proyecto y, hasta donde alcanza el conocimiento de quien firma estas líneas, tampoco había encontrado acomodo en sus directos.
Escucharla en este contexto tenía, sin embargo, todo el sentido del mundo, ya que si alguna vez existió un escenario adecuado para recuperarla, era precisamente este: con su compositor original a la guitarra, con una vocalista de primer nivel como Adrienne Cowan al frente y buena parte de la familia Avantasia respaldándola desde la retaguardia.

Por supuesto, todas las miradas terminaron dirigiéndose hacia Adrienne Cowan. La estadounidense volvió a demostrar por qué está considerada una de las vocalistas más completas y versátiles del metal contemporáneo. Durante toda la actuación alternó registros melódicos, pasajes más agresivos y momentos de enorme sensibilidad con una facilidad casi insultante.
Cowan concentró también buena parte del peso visual del espectáculo. El maquillaje y los cuernos que formaban parte de su caracterización reforzaban la dimensión teatral de su presencia y la convertían en la única integrante con una imagen claramente trabajada para el directo. El contraste era todavía mayor frente a la indumentaria mucho más informal, prácticamente de calle, del resto de la banda.
A su lado, Sascha Paeth ejercía de perfecto maestro de ceremonias y firmaba, además, una actuación especialmente destacada a la guitarra, mientras Felix Bohnke aportaba desde la batería esa mezcla de precisión y contundencia que tantos aficionados asocian inmediatamente al sonido de Avantasia y Edguy, pese a algún pequeño contratiempo técnico que fue solventado con rapidez y apenas alteró el desarrollo de la actuación.
La recta final del concierto mantuvo el nivel mostrado hasta ese momento. La elegante ‘Where Would It Be’, con inevitables reminiscencias a la escuela melódica de Kamelot y Angra, dio paso a ‘Signs of Wings’ y a una contundente ‘Bound in Vertigo’, antes de un cierre con el tema de aire más folk del repertorio, que dejó un buen sabor de boca y al público con ganas de más.

La respuesta de los asistentes también fue creciendo durante la actuación. El público, inicialmente expectante y bastante estático, fue implicándose de forma progresiva, con palmas y puños en alto, hasta despedir a la banda con una satisfacción evidente, dejando muy claro que Masters of Ceremony posee personalidad suficiente para sostenerse por sí misma. De hecho, destacaría, y mucho, el distintivo sonido de guitarra que Sascha ha adoptado aquí y que, en directo, ganó todavía más gravedad, quizá gracias a una afinación rebajada hasta niveles del averno. Un enfoque que poco o nada tiene que ver con el que emplea en Avantasia.
Si el prometido segundo álbum mantiene el nivel de lo escuchado en El Plantío, es muy posible que dentro de unos años dejemos de referirnos a ellos como ‘el proyecto de Sascha Paeth‘. Aunque, siendo sinceros, después de lo vivido aquella tarde en Burgos, tampoco tendría nada de malo seguir llamándolos, cariñosamente, Sashantasia.
Edén: Del otro lado de la valla
Uno de los primeros nombres destacados de la tarde fue el de Edén, vencedores del V Festival Las Candelas – Zurbarán Rock. Más allá de la oportunidad que supone actuar en un escenario de estas características, la banda demostró poseer argumentos suficientes para justificar su presencia en el cartel.
Desde el primer momento quedó patente que la actuación significaba mucho para ellos. No era una parada más dentro de una gira ni un concierto rutinario en mitad del verano. Había ilusión, nervios y, sobre todo, una enorme sensación de agradecimiento. La comunicación con el público fue constante, las sonrisas permanentes y la actitud, sencillamente, ejemplar.

Uno de los momentos más sinceros de la tarde llegó cuando el vocalista recordó que, durante años, habían acudido al festival como simples asistentes, al otro lado de la valla, soñando probablemente con ocupar algún día ese mismo escenario. Ahora, con el logo del Zurbarán Rock a sus espaldas, no ocultaron que aquello suponía un auténtico honor.
Musicalmente, Edén no pretende reinventar la rueda. Su propuesta se mueve cómodamente dentro de los parámetros más clásicos y reconocibles del heavy y el power metal melódico, sin buscar la originalidad a toda costa. Pero tampoco la necesita. Cuando las canciones funcionan, los músicos responden y la actitud acompaña, la innovación deja de ser una obligación para convertirse en un simple valor añadido.

El repertorio incluyó composiciones como ‘Ave Fénix‘ y ‘Alma de Libertad’, pertenecientes al álbum Alma de Libertad, además de ‘Nunca Más’ y ‘Desde el Aire’, esta última extraída de El Despertar de los Sueños. Todas ellas permitieron comprobar que la banda había venido a competir de tú a tú con cualquiera, apoyándose en grandes estribillos, melodías fácilmente reconocibles y arreglos orquestales que aportaron una nueva capa de épica a su propuesta.
Hubo también espacio para presentar ‘Cantos de Libertad‘, su single más reciente y una declaración de intenciones bastante evidente. El tema confirmó que el grupo todavía tiene mucho que decir y que posee calidad suficiente para seguir creciendo.

Sin embargo, más allá de las canciones, hubo un aspecto que llamó especialmente la atención: la diferencia generacional existente dentro de la propia banda. Mientras músicos como Javier Díaz, principal responsable del proyecto, el bajista Juanjo Díaz o el batería Fernando Argüelles, curtido en formaciones como Nörthwind y Vendaval, aportaban décadas de experiencia, la presencia de Dini y de uno de los guitarristas, Álvaro Cocina, insuflaba al conjunto una energía contagiosa y una evidente sensación de hambre escénica.
Eso fue precisamente lo que transmitieron durante toda su actuación: calidad, simpatía, entrega y la inequívoca sensación de haber salido al escenario con ganas de comerse el festival. Hubo tiempo también para que la banda se pronunciara sobre cuestiones que trascienden lo estrictamente musical. Un mensaje de apoyo al pueblo palestino fue recibido con una sonora y prolongada ovación por parte del público, en uno de esos momentos que recuerdan que la música sigue siendo, también, un espacio para expresar convicciones personales.

Resulta siempre arriesgado hacer predicciones en el mundo del rock. Hay demasiados factores imposibles de controlar y demasiadas bandas excelentes que nunca terminan encontrando el reconocimiento merecido. Pero si mantienen el nivel mostrado en Burgos, no parece descabellado pensar que el nombre de Edén volverá a cruzarse con el del Zurbarán Rock y otros festivales en el futuro.

Hardcore. Fucking. Superstar
Si alguien tenía dudas sobre si Hardcore Superstar seguían siendo una máquina perfectamente engrasada sobre un escenario, bastaron apenas unos minutos para disiparlas. Los suecos aterrizaron en Burgos con la única intención de convertir el Zurbarán Rock en una auténtica celebración del hard rock escandinavo, y lo consiguieron con una facilidad casi insultante. A esas alturas, el recinto estaba lleno y no cabía un alma más.
La declaración de intenciones llegó prácticamente desde el primer minuto. Temas como ‘Blood on Me’, ‘No Resistance’ y la celebrada ‘Wild Boys’ fueron encadenándose con una naturalidad que solo está al alcance de bandas que llevan más de un cuarto de siglo compartiendo carretera, escenarios y camerinos. Lejos de dar la sensación de vivir de las rentas, la formación sueca continúa transmitiendo la impresión de disfrutar cada concierto como si todavía tuviera algo que demostrar.

Apenas hubo discursos ni pausas capaces de romper el ritmo. La banda fue encadenando tema tras tema con una intensidad constante, sin levantar el pie del acelerador y manteniendo al público enganchado de principio a fin. El protagonismo, como suele ocurrir, recayó sobre un incontenible Joakim «Jocke» Berg, aunque sería profundamente injusto reducir la actuación a la figura de su vocalista.
Mientras Martin Sandvik mantuvo una sonrisa prácticamente permanente durante toda la noche, Vic Zino, incorporado a la banda en 2008, aportó una energía inagotable desde la guitarra. Por su parte, Efraim Larsson sostuvo el edificio desde la retaguardia con la contundencia habitual, aunque terminaría convirtiéndose involuntariamente en uno de los protagonistas del concierto.
El público conectó con la banda desde el primer momento y la respuesta fue creciendo canción a canción. Tampoco faltaron esos detalles que separan un buen concierto de una actuación realmente memorable. Hubo espacio para la improvisación y para la interacción constante con el público, con constantes acercamientos por parte de Joakim al público, bajando al foso si era necesario… ¡apabullante!

Musicalmente, el repertorio funcionó como un auténtico rodillo. A clásicos como ‘Someone Special’, ‘Above the Law’ o la siempre efectiva ‘Electric Rider’ se sumó una especialmente celebrada interpretación de ‘Liberation‘, perteneciente a Bad Sneakers and a Piña Colada, un guiño que hizo las delicias de los seguidores más veteranos.
Hacia el final del concierto, Berg decidió que recorrer el escenario de un lado a otro ya no era suficiente y terminó subiéndose literalmente sobre la batería de Efraim Larsson, dejando una de las imágenes más impactantes de toda la jornada y provocando una nueva explosión de entusiasmo entre los asistentes. Fue uno de esos momentos que difícilmente aparecen en un setlist, pero que permanecen en la memoria mucho tiempo después de que se apaguen las luces.
Hubo tiempo también para la sinceridad. En uno de sus parlamentos, el vocalista pidió disculpas al público por haber tardado tanto tiempo en visitar Burgos, un gesto sencillo, pero recibido con evidente cariño por unos asistentes que, a esas alturas, ya estaban completamente entregados. Las referencias al alcohol, a la cerveza y a los brindis fueron recurrentes durante toda la actuación, reforzando el ambiente de fiesta desenfadada que acompañó al concierto.

La recta final elevó todavía más la temperatura de El Plantío. ‘Last Call for Alcohol’ se convirtió en un gigantesco brindis colectivo, una explosión de macarrería, descaro y buen humor que representa mejor que ninguna otra canción la esencia de Hardcore Superstar. Poco después llegarían ‘We Don’t Celebrate Sundays’ y el incontestable himno ‘You Can’t Kill My Rock ‘n’ Roll’, poniendo el broche a una actuación que se negó a levantar el pie del acelerador en ningún momento.
Entre medias hubo incluso un guiño a Overkill, encargados de cerrar la jornada, demostrando la buena sintonía existente entre ambas formaciones y reforzando la sensación de estar viviendo una auténtica fiesta del rock en todas sus vertientes. Y cuando parecía que el concierto ya no podía ofrecer ninguna sorpresa más, llegó el momento de la despedida.
Y cuando parecía que el concierto ya no podía ofrecer ninguna sorpresa más, llegó el momento de la despedida. Sonó brevemente el estribillo de ‘The Best’, popularizada por Tina Turner, y tanto la banda como buena parte del público se sumaron a un improvisado karaoke colectivo. La escena, con todos cantando el conocido estribillo, dejó uno de los momentos más simpáticos y desenfadados de la actuación. Resulta difícil resumir mejor lo ocurrido sobre el escenario que con las propias palabras utilizadas por Joakim Berg para presentar a la banda: ‘Hardcore. Fucking. Superstar.

Una declaración de intenciones y, probablemente, la mejor definición posible de una actuación que, por repertorio, actitud, conexión con el público y capacidad para convertir un concierto en una experiencia, merece situarse sin demasiada discusión entre las tres mejores propuestas de todo el Zurbarán Rock 2026.
Overkill: Algunos nunca aprendieron a envejecer
La banda apareció bajo el gran telón de Scorched y abrió con ‘Scorched‘, dejando claro que no había viajado hasta Burgos para ofrecer un simple paseo nostálgico por sus más de cuatro décadas de historia. El repertorio combinaría material de diferentes etapas, pero el denominador común fue siempre el mismo: agresividad, precisión y una cantidad considerable de caña bruta.

Al frente, Bobby “Blitz” Ellsworth volvió a demostrar que su voz continúa siendo una de las más reconocibles del thrash metal. A sus 67 años, mantuvo durante toda la actuación ese registro agudo, acerado y exigente sin fisuras apreciables. Quizá sus desplazamientos sean ahora algo más medidos, pero su capacidad para dominar el escenario, dirigir al público y convertir cada estribillo en una llamada a las armas permanece intacta.
La formación reducida a cuarteto tampoco restó contundencia al resultado. Ante las ausencias de D.D. Verni y Derek Tailer, Christian Olde Wolbers asumió el bajo, Dave Linsk quedó como único guitarrista y Jeramie Kling se ocupó de la batería. Especialmente efectivo estuvo Olde Wolbers, situado a la izquierda desde la perspectiva del público, cuyos coros aportaron todavía más fuerza a buena parte de los estribillos.

Tras ‘Rotten to the Core’, ‘Bring Me the Night’ y ‘Hello From the Gutter’, la intensidad terminó por trasladarse definitivamente al público. Alrededor de ‘Deny the Cross’, quinto tema de la actuación, comenzaron a abrirse los primeros circle pits, perfectamente acompasados con la descarga sónica violenta que llegaba desde el escenario.
El tramo central permitió comprobar que el material más reciente puede convivir sin complejos con los clásicos. ‘Electric Rattlesnake’, ‘Mean, Green, Killing Machine’, ‘Necroshine’, ‘Horrorscope’ y ‘The Surgeon’ fueron sucediéndose sin que la banda rebajara la presión ni concediera apenas respiro. Más que apoyarse únicamente en su historia, Overkill reivindicó la vigencia de un catálogo que ha seguido creciendo con notable solidez durante las últimas décadas.

El único cambio significativo de tono llegó antes de ‘Ironbound‘, cuando Blitz recordó emocionado a su abuela y el apoyo que había recibido de ella. Fue un breve paréntesis personal dentro de una actuación construida sobre la violencia sonora, antes de volver a acelerar con ‘Elimination‘.
El bis reunió tres piezas que difícilmente podían fallar. ‘In Union We Stand‘ volvió a levantar los puños del público, ‘E.vil N.ever D.ies’ mantuvo la tensión y la versión de The Subhumans, ‘Fuck You’, cerró definitivamente una actuación basada en la contundencia, la autoridad y una entrega que desmiente cualquier tentación de hablar de retirada.

Después de cuarenta y cinco años, Overkill no necesita demostrar su lugar en la historia del thrash metal. Lo verdaderamente significativo es que todavía suba a un escenario con la motivación suficiente para defenderlo como si continuara en disputa.
Hitten: No hace falta nacer en Suecia
Hitten asumía la complicada tarea de mantener el pulso de una jornada que ya había dejado momentos memorables. Y lo hizo recordando una evidencia que muchos aficionados nacionales llevan años defendiendo: no hace falta mirar hacia Escandinavia para encontrar bandas capaces de practicar un hard & heavy de primer nivel.

Los murcianos salieron decididos a aprovechar cada segundo de su tiempo sobre las tablas. Tras una breve introducción, ‘While Passion Lasts’ abrió una actuación intensa, dinámica y prácticamente sin pausas. Desde el primer momento quedó claro que habían venido a divertirse y, sobre todo, a conseguir que el público se divirtiera con ellos.
Musicalmente, su propuesta no esconde sus influencias. Grandes estribillos, guitarras afiladas y un inequívoco aroma ochentero conforman una fórmula tan conocida como efectiva. Y, sinceramente, tampoco necesitan más.

Eso sí, volvió a llamar la atención la cantidad de humo utilizada durante la actuación. Ya en una ocasión anterior, viéndolos en sala, me había llevado la impresión de que el recurso llegaba a dificultar demasiado la visibilidad. En un escenario al aire libre, aunque emplearon una cantidad similar, el efecto resultó mucho menos problemático y apenas condicionó el seguimiento del concierto. Aun así, no dejó de ser uno de los elementos más llamativos de su puesta en escena, junto con la pirotecnia y la hiperactividad de todos sus miembros sobre el escenario.

La pareja formada por Dani Meseguer y Jhonny Lorca volvió a dejar claro que el nivel guitarrístico de Hitten está fuera de toda duda, especialmente en piezas como ‘Twist of Fate’, mientras Horacio ‘Satán’ Rodríguez y Willy Medina sostenían el conjunto con la solvencia habitual.
El repertorio permitió mostrar diferentes registros, desde la contundencia de ‘Blood from a Stone‘ hasta el carácter más melódico de ‘Something to Hide’, pasando por composiciones como ‘Mr. Know It All’, ‘Hard Intentions (Secret Dancer)’, ‘Meant to Be Mean’, ‘Eyes Never Lie’ o ‘Hold Up the Night’. Hubo también espacio para un solo de batería y para que ambos guitarristas buscaran la complicidad del público durante sus respectivos solos.

El cierre, como no podía ser de otra manera, quedó reservado para ‘In the Heat of the Night’, poniendo el broche a cuarenta minutos de hard rock honesto, bien ejecutado y cargado de actitud. Puede que Hitten no pretenda reinventar el género, pero, viendo la respuesta del público en Burgos, tampoco parece que lo necesite. Mientras muchos siguen buscando a los nuevos salvadores del hard rock más allá de nuestras fronteras, en Murcia llevan quince años demostrando que aquí también sabemos hacer las cosas muy, muy bien.
Induction: El futuro también estaba en Burgos
Cerrar una jornada como la del viernes nunca es sencillo. Después de una sucesión de nombres históricos y actuaciones memorables, muchos asistentes empezaban a acusar el cansancio acumulado. Sin embargo, quienes decidieron aguantar hasta el final pudieron comprobar por qué conviene empezar a hablar de Induction como algo más que ‘la banda de Tim Hansen‘.

Es cierto que resulta inevitable establecer la conexión. Al fin y al cabo, el guitarrista alemán es hijo de Kai Hansen, una de las figuras más influyentes en la historia del power metal. Y sí, hay gestos, maneras e incluso cierta presencia escénica que inevitablemente recuerdan a su padre. Pero reducir la propuesta de Induction a ese parentesco sería profundamente injusto.
Porque lo que quedó claro en el Zurbarán Rock es que estamos ante una banda con personalidad propia. Con una formación multinacional, como oportunamente bromearon durante su actuación, y un sonido que combina power metal melódico, elementos sinfónicos y una notable querencia por los grandes estribillos, los alemanes centraron buena parte de su actuación en Love Kills!, su trabajo más reciente.

Temas como ‘Beyond Horizons’, ‘Dark Temptation’, ‘Love Kills’ o ‘Strangers to Love’ fueron construyendo un concierto dinámico y muy bien medido, sin apenas pausas y con la clara intención de mantener despiertos a quienes todavía tenían fuerzas a esas horas de la noche. Especialmente destacable fue la labor del vocalista Gabriele Gozzi, viejo conocido del festival tras su paso por Temperance, cuya incorporación ha elevado considerablemente las prestaciones de la banda. Su capacidad para alternar registros y defender con solvencia un repertorio particularmente exigente terminó convirtiéndolo en uno de los grandes protagonistas de la actuación.
La banda aprovechó también para rescatar composiciones como ‘I’m Alive’, ‘Steel and Thunder’, ‘Medusa’, ‘A Call Beyond’, ‘Virtual Insanity’, ‘Gods of Steel’ o ‘Queen of Light’, confirmando que su catálogo comienza a adquirir una consistencia más que notable pese a la relativa juventud del proyecto. Quizá lo más interesante de su paso por Burgos fuera, precisamente, la sensación que dejaron al abandonar el escenario. Da la impresión de que Induction se encuentra en ese punto exacto en el que una banda deja de ser una promesa para empezar a convertirse en una realidad.

Y eso, en un festival que siempre ha sabido combinar leyendas consolidadas con nombres llamados a recoger el testigo, parece especialmente apropiado. Porque si algo quedó claro al finalizar la primera jornada del Zurbarán Rock, es que el futuro del heavy metal también había estado sobre ese escenario.
Resultó igualmente llamativo el papel desempeñado por Tim Hansen. Quizá por el peso de su apellido, muchos ojos estaban puestos sobre él antes incluso de que comenzara el concierto. Sin embargo, lejos de asumir un protagonismo excesivo, el guitarrista pareció sentirse cómodo ocupando un rol relativamente secundario dentro del engranaje de la banda, algo que, en realidad, termina jugando en favor del conjunto.
Es evidente que durante años su parentesco con Kai Hansen ha funcionado como una magnífica carta de presentación. Pero también cabe preguntarse hasta qué punto ese mismo apellido ha terminado convirtiéndose en una carga. No debe de ser sencillo construir una identidad propia cuando inevitablemente cualquier paso que das es comparado con uno de los arquitectos del power metal europeo.

A ello hay que sumar una trayectoria marcada por una interminable sucesión de cambios de formación, circunstancia que probablemente explique por qué Induction ha permanecido durante tanto tiempo instalada en esa incómoda categoría de ‘eterna promesa’. Resulta difícil consolidar un proyecto cuando las piezas del puzle cambian constantemente.
Y, sin embargo, la sensación tras su paso por el Zurbarán Rock fue precisamente la contraria. Por primera vez en bastante tiempo, da la impresión de que la banda ha encontrado una alineación capaz de sostener el proyecto a largo plazo. Quizá sea pronto para afirmarlo categóricamente, pero lo visto en Burgos invita, al menos, al optimismo. Porque si algo dejó claro Induction es que ha llegado el momento de empezar a juzgarlos por lo que son y no por el apellido de uno de sus miembros.
Texto y fotos: Dr. Reifstein
METALEGUN.COM




