
Pre-escucha de Anandamida
01-octubre-2026 / Bar Restaurante JUANA LA LOCA (Madrid)
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Antes de contaros lo que aconteció en la pre-escucha del nuevo álbum de Sôber, queremos desde METALEGUN.COM presentaros a Natasha Campos, quien esporádicamente y en la medida de lo posible, nos traerá más contenido a la web a partir de ahora. Además, os invitamos a que todos los miércoles escuchéis EL GARAGE, su programa de radio en Viva Radio a partir de las 22:00H donde encontraréis una hora de nuestra música favorita amenizada por ella misma. No os lo perdáis.
Gracias y bienvenida Natasha.
Y dicho esto....
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Hay algo curioso en escuchar un disco nuevo de una formación que lleva tantos años formando parte de la banda sonora de mucha gente: quieres reconocerla, pero no quieres escuchar otra vez lo mismo. Y eso fue precisamente lo primero que pensé mientras escuchaba Anandamida en su presentación en Madrid: esto es Sôber. Sôber en estado puro. Pero no estoy escuchando once veces la misma canción.
La voz de Carlos Escobedo tiene buena parte de culpa. Es imposible desligarla del sonido del grupo. Entra
Carlos y ya sabes dónde estás. Es una firma. Pero alrededor de ella, Anandamida se mueve, cambia de intensidad, se oscurece, golpea y también deja espacio para canciones que necesitan algo más que una primera escucha. Y eso último, para mí, juega a favor del disco.
Un disco que empieza buscando la felicidad.
Hasta el título tiene historia. Anandamida toma su nombre de una molécula de nuestro organismo cuyo término procede de ananda, asociado a felicidad o dicha. Y no es una elección decorativa: la canción que abre y da título al álbum habla precisamente de buscar la felicidad dentro de uno mismo.
Durante la presentación, Carlos explicó que inicialmente incluso habían pensado llamarla Sôber. A partir de ahí empiezas a entender por dónde camina el disco. Anandamida habla mucho de mirar hacia
dentro. De miedo. De contradicciones. De refugios. De relaciones. De lo que ocurre cuando desaparecen los focos. De caerse, cambiar y continuar. No son once maneras distintas de contarte la misma historia. Y musicalmente tampoco lo son.
Menos laboratorio, más vida.
Hubo algo que contaron durante la presentación que me ayudó a entender por qué el disco respira así. Esta vez Sôber cambió su manera de trabajar. En lugar de llegar al estudio después de machacar cada canción durante horas y horas en el local, hubo bastante más libertad. Manu Reyes explicó que durante las propias tomas surgían fills, ritmos y pequeñas ideas diferentes; esa sensación de vida dentro del estudio terminó formando parte del resultado. Además, fueron grabando por pequeños bloques: una o dos canciones de batería, bajo, guitarras y voces; escuchaban el resultado y después afrontaban las siguientes. Según contaron, trabajar así les permitió dar a cada tema una personalidad propia y disfrutar más del proceso.
Y esa palabra, disfrutar, me parece importante. Porque no solo nos lo contaron. Se veía. Mientras escuchábamos el disco, yo miraba de vez en cuando hacia el escenario. Había sonrisas, miradas entre ellos, gestos siguiendo las canciones... Se les veía disfrutar de la escucha de su propio trabajo y, sobre
todo, de compartirlo con quienes estábamos allí. Después de más de tres décadas de carrera, ver esa ilusión al enseñar algo recién terminado tiene un valor especial. Quizá donde más me llamó la atención fue en Juan Sánchez, la incorporación más reciente a las guitarras de Sôber. Se le veía especialmente metido en la escucha, disfrutando de las canciones y del momento. Juan, guitarrista de Automotive, ya había acompañado al grupo en varios conciertos y forma parte oficialmente de esta nueva etapa. Su llegada también encaja con esa sensación de aire nuevo que desprende el disco.

Y ahí entendí mejor otra cosa: una banda con tantos años puede seguir publicando porque toca hacer otro
disco, o puede conservar todavía las ganas de enseñar lo que acaba de crear. Lo que yo vi allí fue lo
segundo.
Puedes encontrarte con Círculo Rojo y pensar inevitablemente en aquel Sôber más noventero de los
comienzos -ellos mismos reconocieron ese parentesco después de grabarla-, pero el disco no vive de mirar
hacia atrás. Hay pasado, claro. Pero no hay nostalgia como refugio.
Canciones que tienen algo que contar.
Mi refugio fue una de las canciones que más me hizo fijarme en las letras. Hay una contradicción que la
atraviesa: no saber cómo amar a alguien pero tampoco saber estar sin esa persona. Cuando les preguntaron por ello, Carlos lo llevó mucho más allá de una relación concreta: querer abandonar algo y, al mismo tiempo, no ser capaz de hacerlo. Una pareja, una forma de vida, una sustancia, aquello de lo que necesitas escapar aunque una parte de ti continúe agarrada a ello.
Luego aparece Dile al miedo y cambia el golpe. Afinada en Do, con guitarras más graves y un riff
especialmente contundente, habla de apartar esos miedos que nos mantienen dentro de la zona de confort. De asumir que salir de ahí puede dar vértigo, pero también abrir caminos que ni siquiera veíamos.
Y después tienes Indestructible. Podría parecer el típico título de fuerza y testosterona rockera. Pues no
exactamente. Está dedicada en buena medida a quienes están debajo del escenario: a esa energía que
recibe una banda cuando mira al público y ve a la gente cantando, viajando para acudir a un concierto y
dejándose allí la garganta. Carlos reconoció algo bastante menos heroico y bastante más interesante: encima del escenario pueden sentirse indestructibles, pero fuera de él son mucho más frágiles de lo que quizá pensamos.

Y entonces llegamos a una de las ideas que más me tocaron: Cae el telón ¿Qué queda del artista cuando termina el concierto? Se apagan las luces. Se terminan los aplausos. Desaparece toda esa gente que hace apenas unos minutos gritaba tu nombre. Y te quedas tú. Solo. En una habitación de hotel. De eso habla la canción: del músico después del escenario y de cuánto puede llegar a definirnos nuestra profesión.
Durante la presentación surgió una idea que se me quedó dando vueltas: cuando alguien nos pregunta "¿Qué tal estás?", muchas veces respondemos contándole cómo nos va el trabajo. No. No te han preguntado eso. Te han preguntado cómo estás tú. Y me parece una de las reflexiones más interesantes de todo el disco.
Las cuatro paredes donde realmente existe una banda
Cuatro paredes mira hacia otro lugar muy concreto: el local de ensayo. Ese sitio que desde fuera puede parecer simplemente una habitación con amplificadores, cables y una batería, pero donde una banda pasa
horas, discute, crea, se conoce y, supongo, alguna vez también acaba hasta las narices del de al lado. Ellos hablaron de unión, de construir unos cimientos suficientemente sólidos para enfrentarse después a un disco o a un escenario. Y Carlos soltó una frase bastante menos poética y mucho más real: "nuestras
miserias también huelen".
Me quedo con esa. Porque probablemente una banda que lleva tantos años junta no sobrevive porque cuatro personas estén permanentemente encantadas unas con otras. Sobrevive porque han aprendido a convivir también con las miserias.
Una voz nueva dentro del universo Sôber
El disco guarda además una novedad importante: una colaboración vocal femenina, presentada allí como la
primera de estas características en uno de sus álbumes. La elegida es Alba Moreno. La canción pedía una voz diferente, en un terreno más pesado y oscuro, cercano -según explicaron- al universo de Paradÿsso.

Alba contó entre risas cómo llegó con los deberes hechos, proponiendo opciones y pidiendo repetir tomas cuando los demás ya las daban por buenas. Ese momento resume bastante bien cómo fue toda la presentación. Porque hubo música y explicaciones, sí, pero también cachondeo. Interrupciones. Pullas entre ellos. Uno culpando al otro de un parón en una canción. Risas. Preguntas desde la sala. No parecía una banda intentando convencernos de que su nuevo disco era maravilloso. Parecían cuatro músicos con ganas de enseñarnos algo en lo que habían trabajado mucho. Y eso se agradece.
Veintisiete veces hasta encontrar el sonido
Aunque lo de "mucho" se queda corto en alguna cosa. Cuando les preguntaron qué había sido lo más difícil
del proceso, la respuesta sorprendió: el mastering. Hicieron 27 versiones. Llegaron incluso a realizar una prueba en Sterling Sound, en Nueva York, pero seguían sin encontrar exactamente lo que buscaban: potencia sin sacrificar la definición de la voz, los agudos de los platos en su sitio y un equilibrio que les convenciera. Un proceso que normalmente podía resolverse mucho más deprisa terminó ocupándoles cerca de dos semanas. ¿Obsesión? Ellos mismos utilizaron la palabra. Después de escuchar el resultado, yo diría que por lo menos fue una obsesión con propósito.
Cuando Judas entra en una iglesia
Hacia el final llegó El beso de Judas, una de las partes más duras emocionalmente del álbum. Habla de
traición, de alguien que juega con tus sueños, del engaño y de ese vacío que aparece cuando descubres que la persona que creías conocer quizá nunca fue exactamente como imaginabas. Para el videoclip eligieron una iglesia. Y precisamente por lo delicado de utilizar ese espacio para una canción con Judas en el centro, explicaron que contaron con permiso y que quisieron tratar toda la simbología con respeto. La referencia a Judas, la última cena y la traición no está ahí simplemente para provocar.
Sôber sigue sonando a Sôber. Y menos mal.
Salí de la presentación con el disco en las manos -sí, con una sonrisa bastante difícil de disimular- y con una
sensación que sigo teniendo después de reposar lo escuchado.
Sôber no necesita dejar de sonar a Sôber para evolucionar.
A veces confundimos evolución con ruptura. Parece que para demostrar que avanzas tengas que renegar de aquello que te hizo reconocible. Aquí no ocurre. Carlos sigue teniendo esa voz que reconocería aunque entrara cantando desde la habitación de al lado. Las guitarras siguen teniendo peso. Hay oscuridad. Hay contundencia. Hay melodía. Está ese ADN que lleva acompañando al grupo durante décadas. Pero las canciones tienen vida propia.

La presentación comenzó hablando de la felicidad. Después llegaron el miedo, el refugio, la fragilidad, las
cuatro paredes, el silencio que queda cuando cae el telón y hasta Judas. Y mientras sonaban todas esas canciones, delante de nosotros había cuatro músicos sonriendo, mirándose y disfrutando de algo que ya habían escuchado muchas veces. Quizá después de más de treinta años la anandamida de Sôber siga siendo exactamente esa: hacer música y tener a alguien al otro lado con quien compartirla. Y eso no me lo tuvieron que explicar. Se veía.
Texto Y fotos: Natasha Campos



